Siglo de Hierro
El final de un Imperio

02. Carlos II de Austria (1661–1700)

Carlos II fue la última, la más degenerada, y la más patética víctima de la endogamia de los Austrias. Estas palabras, del historiador británico John Lynch, pueden parecer excesivas y algo cargadas en los adjetivos. Pero si echamos un vistazo al historial médico del que durante treinta y cinco años fuera el rey Carlos II de España quizá cambiemos de opinión.

carlosII

Carlos II fue el último hijo del rey Felipe IV  y, para regocijo del monarca, el único varón legítimo. Parece ser que el propio Felipe había confesado que este hijo fue producto de la última cópula que logró mantener con su segunda esposa Mariana de Austria, lo que dio lugar en la Corte de la época a cierta mofa, atreviéndose uno de los médicos del monarca a decirle que “su majestad dejó para la reina sólo las escurriduras”.

Sea como fuere, Carlos II padeció a lo largo de su vida frecuentes catarros, desarreglos intestinales, prognatismo (rasgo característico de los Austrias), retardo motor, hidrocefalia, raquitismo, oligofrenia, sarampión, varicela, rubeola, viruela, hinchazón crónica de las extremidades, epilepsia, esterilidad y una más que segura impotencia.

Hasta los 4 años no consiguió ponerse en pie y sólo pudo caminar a los 6 años. No consiguió que su lenguaje fuera inteligible hasta los 10 años y sólo un año después acometió la lectura y la escritura, actividades que, según parece, nunca fueron de su agrado ni llegó a dominar. Cuando ya tenía 25 años, el nuncio papal relataba en uno de sus informes a la Santa Sede que el rey no podía estar derecho a menos que se apoyase en una pared, en una mesa o en otra persona.

Sus contemporáneos acabaron por achacar todos estos males a cierto hechizo que había recaído sobre el monarca, llegando a poner nombre y apellidos a los culpables de tal encantamiento. Nosotros, que reconocemos el encanto literario que el sobrenombre de el Hechizado da a la penosa vida de Carlos, creemos más bien que todo virus o bacteria que visitaba la Corte encontraba refugio en su endeble naturaleza.

La obsesión de los Austrias por los matrimonios entre familiares y un mal entendido principio de legitimidad en la sucesión a la Corona posibilitaron que este hombre, cuya única afición conocida fue la de frecuentar la pastelería de palacio, llegara a reinar. Su reinado, en cuyo gobierno el monarca no tuvo participación alguna, no fue ni mejor ni peor que el de sus antecesores inmediatos y su mayor proeza fue la de estampar la firma en el testamento que abriría las puertas de España a los Borbones y a la Guerra de Sucesión. Pero de todo esto ya hablaremos cumplidamente  otro día.

El día 1 de noviembre de 1.700, a los 38 años de edad, Carlos II moría después de semanas de agonía. Dos días después se le practicaba la autopsia, de la que el Marqués Ariberti filtró que “no tenía el cadáver ni una gota de sangre; el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones, corroídos; los intestinos, putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua”.

Modernas investigaciones han concluido que Carlos II padecía el síndrome de Klinefelter. Nosotros estamos seguros de que el hombre debió padecer mucho, tanto como  España tuvo que padecer al rey.

Bibliografía recomendada:

Historia de España, John Lynch.

Historia de Reyes y Reinas, Carlos Fisas.

De Carlos I Emperador a Carlos II el Hechizado, historia humana de una dinastía, Jerónimo Moragas.

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Historia

El Hechizado: la decadente historia de Carlos II de España

  • Enfermo de estar enfermo, enajenado en su idiocia, Carlos II, Grande de España y señor de las colonias de ultramar, entre diarreas y pústulas, murió cuando finalizaba el siglo XVII, y con él terminaba la descendencia de los Austrias.
A pesar de la benevolencia de los pintores, no pudo ocultar sus rasgos poco agraciados. Cuando su futura consorte lo conoció a través de este retrato (derecha) -enmarcado en diamantes- pidió de rodillas a su tío Luis XIV de Francia que impidiese el matrimonio, a lo que el Rey Sol se negó, aconsejándole que no pasase por su cabeza la idea de retornar a Francia.

Por Dr. Omar López Mato, médico y escritor – omarlopezmato@gmail.com

sábado, 24 de julio de 2010

Enfermo de estar enfermo, enajenado en su idiocia, Carlos II, Grande de España y señor de las colonias de ultramar, entre diarreas y pústulas, murió cuando finalizaba el siglo XVIII, y con él terminaba la descendencia de los Austrias, malditos por el incesto que envenenó su sangre hasta no dejar descendencia.

Condenado desde la concepción, Carlos fue el único sobreviviente de seis hermanos. No caminó ni habló hasta los 6 años; combatieron esta debilidad con una lactancia prolongada en la que se sucedieron catorce nodrizas hasta la muerte de su padre, Felipe IV (casado con su prima, la archiduquesa Mariana de Austria).

Entonces se decidió destetarlo, una vez coronado, ya que no era bien visto un rey prendido a pechos rentados.

Era tal su tendencia a resfriarse, que poco lo sacaban del palacio, generando así un raquitismo por falta de exposición al sol, con el consiguiente déficit en la fijación de la vitamina D. A los 6 años tuvo sarampión y varicela, a los 10 rubéola, a los 11 viruela, y luego comenzó con ataques epilépticos que persistieron hasta bien cumplidos los 15 años.

Sin embargo, este ser enfermizo y enclenque, más proclive a las tareas culinarias que a las lides políticas, mostró un serio compromiso con su función real y en la grandeza manifiesta del trono como símbolo de unión entre sus súbditos.

Tan evidentemente atrasado era nuestro joven, que su propia madre consiguió prolongar por dos años más su regencia -a pesar de la oposición del pueblo contra los favoritos de la reina-.
 
Doña Mariana necesitaba consejos y ¡que mejor consejero que un confesor! Pues el confesor de la reina, el jesuita Nithard, se aprovechó de su aventajada posición pero creó tal resentimiento por sus parcialidades que fue expulsado en el primer pronunciamiento de la historia de España bajo la enérgica conducción del medio hermano de Carlos II, el aguerrido Don Juan José de Austria.

Al parecer, el hombre tenía suerte y en lugar de terminar en un calabozo, Nithard fue nombrado embajador en Roma, donde intentó por todos los medios de saciar su sed de poder mediante la obtención de un capelo cardenalicio.

La reina no pudo privarse de contar con otro asesor y reincidió al elegir otro confesor como favorito. Esta actitud irritó una vez más a los miembros de la corte, que instigaron una nueva rebelión.

Pero cuando Don Juan se estaba preparando para una nueva entrada a Madrid, Carlos II, en un sorprendente arranque de real politik, se fugó del Buen Retiro en búsqueda del apoyo de su medio hermano, que lo hizo jurar fueros en Zaragoza y despedir a reina madre y valido.

Don Valenzuela, el favorito de turno, terminó con menos suerte que su predecesor, exiliado en México y después en Manila, sin poder consolarse con un arzobispado, o siquiera una diócesis.

El pueblo contento vislumbró un mejor futuro en el espíritu ilustrado de Don Juan José. Lamentablemente, murió dos años después, dejando en el gobierno una serie de mediocres ministros, de la mano de la restablecida reina madre, sólo aportando desazón a sus súbditos.

En un momento la decadencia pareció estabilizarse, ya que el igual que en estas tierras “era difícil imaginar una economía más deprimida”.

A todo esto, y en contra de todos los cálculos, nuestro Carlos llegó a los 18 años, edad en la que se decidió aplacar sus alborotadas hormonas a través del casamiento con María Luisa de Orleans, sobrina política de su hermana María Teresa -esposa del Rey Sol, Luis XIV de Francia.

Nuestro menoscabado monarca tomó su futuro matrimonio con ilusionado optimismo, enamoradísimo de su prometida, a la que conoció a través de una pintura. No se puede decir lo mismo sobre la desdichada princesa.

No vio precisamente a un príncipe azul en el aventajado retrato realizado por Claudio Coelho, aunque el cuadro estuviese enmarcado con brillantes.

A pesar de las súplicas que hizo arrodillada pidiendo clemencia, Luis XIV se mantuvo inflexible, y condenó a su sobrina a este matrimonio desdichado e insatisfecho. La despidió recomendándole que sería mucho mejor para su salud no volver jamás a Francia.

El enlace se realizó en Burgos, pero ni el entusiasmo de esa primera noche, ni las muchas que siguieron en Madrid o en Toledo, lograron el tan ansiado embarazo. Nuestro Carlos resultó infradotado en más de un sentido, por precoces efusiones que impidieron consumar el acto matrimonial.

Hoy podemos afirmar que nuestro desafortunado monarca padecía un síndrome genético, llamado Klinefelter, donde el exceso de cromosomas, (XXY) se acompaña de una hipofunción testicular sin que esté afectada la libido, ni la producción de secreción prostática, aunque no posea los espermatozoides necesarios para la reproducción.

No eran estos tiempos de ciencias, sino de oscurantismo inquisitorio, y la Santa Inquisición decidió tomar cartas en el asunto e instituyó un increíble proceso, aumentando su fama de hechizado.

Carlos II sospechaba que la marquesa de Soisson -célebre envenenadora y amante de su cuñado, Luis XIV-, lo había privado de engendrar a través de alguna poción.

Puesto a investigar esta posibilidad, el confesor -¡nuevamente el confesor!- Froilán Díaz averiguó que en el convento de Caldas de Tineo había monjas posesas y su capellán, Fray Antonio Álvarez Argüello, tenía poderes para hacer confesar al mismísimo Satanás quien había embrujado al rey.

Así logró saber por boca del mismo demonio, a través de los labios de las religiosas, que al “hechizo” se lo habían dado el 3 de abril de 1675 en una taza de chocolate (Carlos II era adicto al chocolate).

En ella habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno, entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación.

La instigadora era, nada más y nada menos, que la reina viuda, Doña Mariana, que de esta forma continuaría gobernando, a pesar de sus poco estimulantes experiencias previas.

Mala elección la del padre Froilán, porque la reina madre, nueva ama del poder, lo hizo juzgar por traición.

Preocupados por la falta de sucesión al trono español -cosa que podría desencadenar una guerra de codicias – Leopoldo I de Austria envió a un hombre de su confianza con poderes para predecir el futuro y aclarar el pasado, Fray Mauro Trenda.

Interrogando al monarca, el fraile llegó a la arbitraria decisión de que no estaba endemoniado, ¡pero sí hechizado! Propuso un tratamiento de tipo sugestivo o psicológico que de fallar, implicaría “causas naturales”.

Si fuesen éstas las causas, deberían ser curadas por los médicos (vivísimo este Trenda, total si no la pegaba, los que viniesen después estaban obligados a arreglar el entuerto).

A todo esto, la sufrida princesa consorte fue sometida a todo tipo de tratamientos. ¡Jamás un caballero español y menos el rey de España podía ser estéril! -ese era mal de mujeres-. Para remediarlo, la reina recibió una dieta de frituras, remedio que no fue infalible para embarazarla, pero sí para llevarla a la tumba por una colecistitis, complicada con peritonitis.

El bueno de Carlos II quedó desconsolado por la pérdida de su esposa. Pero a reina muerta, reina puesta. A los pocos días del entierro ya estaba regodeándose con la idea de un próximo enlace con la princesa Mariana de Neoburgo -cuyo único mérito era tener 22 hermanos, antecedente innegable de fertilidad y asiduidad amatoria-.

Sin embargo, la suspirada descendencia no se hacía presente, a pesar de que nuestra joven reina, esforzándose en sus tareas reproductivas, más de una vez mostró signos de embarazo.

Los médicos, siguiendo los consejos del perspicaz Trenda, abundaron en terapéuticas heroicas. Usaban pichones recién sacrificados que posaban sobre la augusta testa. O ponían entrañas calientes de cordero sobre el abdomen para aliviar sus procesos intestinales, agravados estos por su alcoholismo y dificultades masticatorias propias del mentón salido de los Austria.

Los purgantes administrados, con perseverancia asesina, destinados a eliminar la materia corrupta que emponzoñaba al monarca, fueron minando su salud, que se deterioró notablemente desde 1698. Sin embargo, el bueno de Carlos habría de dar dura pelea contra la iatrogenia.

Sobrevivió dos años más, entre diarreas incoercibles -que lo llevaban al borde del coma-, hematurias por cálculos renales, monstruosos edemas que lo obligaban a cambiar de calzado de acuerdo a la hora del día y el emaciamiento secundario a tanta diligencia de sus galenos.

Murió un 1ro. de noviembre, testando a favor del duque de Anjou -futuro Felipe V-, el mejor sucesor para mantener los despojos del Imperio.

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