Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Guerra de Holanda (1672-1678)

Guerra de Holanda (1672-1678)
Luis XIV no perdonó a los holandeses el haberle detenido en su conquista. Decíase que el embajador holandés había mandado hacer una medalla con estas palabras en latín, «En mi presencia el sol se ha parado». Ahora bien, Luis XIV había adoptado como emblema un sol.

El Gobierno francés había establecido un derecho muy elevado (50 sueldos por tonelada) sobre los barcos holandeses que llevaban mercancías a los puertos de Francia. Los holandeses habían respondido con impuestos sobre los productos franceses, sobre todo los vinos y aguardientes

Luis XIV, irritado, se olvidó de España y se volvió contra Holanda. Trabajó primeramente para aislarla.

El rey de Inglaterra, Carlos II, tenía siempre necesidad de dinero. Luis XIV le envió a su cuñada Enriqueta, hermana de Carlos II, y por el tratado secreto de Doavres (véase cap. XIII) el rey de Francia se comprometió a satisfacer tres millones cada año. Carlos prometió dar cincuenta navíos y un ejército para la guerra con Holanda (1670).

Luis XIV logró la alianza de Suecia prometiéndola un subsidio.

El emperador Leopoldo vacilaba respecto al partido que había de tomar. El embajador francés amenazó a su ministro Lobkowitz con publicar su correspondencia, en la que se habría visto cómo se dejara comprar por Francia, y Lobkowitz decidió al emperador a prometer que no auxiliaría a los Estados atacados por Luis XIV.

El cual, no queriendo tener necesidad de atravesar los Países Bajos españoles para atacar a Holanda, se alió con los príncipes-obispos del Oeste de Alemania, vecinos a las Provincias Unidas. No quedó a Holanda más que un solo aliado, el Elector de Brandeburgo, que tenía un pequeño ejército en Alemania del Norte.

Francia e Inglaterra reunidas atacaron a Holanda sin que para ello hubiera ningún motivo. Un ejército francés de 90.000 hombres, el más numeroso que se hubiera visto hasta entonces, unido a 30.000 aliados alemanes, bajó por el valle del Mosa. Pasó el brazo del Rhin llamado Lech, e invadió Holanda. Luis XIV acompañaba a sus tropas. Todas las ciudades abrieron sus puertas por miedo a ser saqueadas.

El gobierno holandés pidió la paz, pero Luis XIV exigió tales condiciones que los holandeses se indignaron. Los partidarios del príncipe de Orange (véase cap. XI), hicieron entonces una revolución. Degollaron al jefe del gobierno holandés, Juan de Witt, y dieron el poder a Guillermo de Orange. Se abrieron las esclusas de los diques que defendían a Holanda del mar, y todas las partes bajas del país fueron inundadas El ejército francés se vió obligado a retroceder.

Los dos generales franceses más célebres, Condé y Turena, que habían aprendido a dirigir ejércitos durante la guerra de Treinta Años, aconsejaban a Luis XIV que ocupase rápidamente toda Holanda. Creían que la guerra había de consistir en invadir el país lo más rápidamente posible, para obligar al enemigo a pedir la paz. Pero Luis XIV escuchaba con preferencia a su ministro Louvois (véase cap. XIV) y Louvois no era un general. Había reunido el ejército mayor con que Francia había contado nunca, había trabajado para proveerle de víveres y municiones. Pero no tenía confianza en la infantería francesa y evitaba las batallas en campo abierto. Se interesaba sobre todo por las fortificaciones y quería sitiar las plazas fuertes y tomarlas una a una. Luis XIV también prefería los sitios a las batallas. En lugar de tener su ejército reunido para invadir toda Holanda, puso guarniciones en las plazas que había tomado.

El ejército francés, muy disminuido por este hecho, no tuvo bastante fuerza para operar en Holanda. Permaneció inactivo en las provincias del Este y empezó a saquear el país. El general en jefe, Luxembourg, escribiendo a Louvois que había mandado incendiar una aldea, añadía: «Nada se ha salvado de lo que había dentro: caballos, vacas, y, según se dice, bastantes aldeanos, mujeres y niños». Louvois le respondía en broma: «Os ruego que no os canséis de ser malo». Ordenaba que se hiciese pagar a los habitantes cuantiosas contribuciones de guerra, Condé le escribió. «El provecho que hemos logrado no valía la aversión cruel que nos hemos atraído».

—Louvois respondió que convenía «hacer gritar en Holanda a todos los particulares que perdían sus bienes». Así se empezó a hacer odiosos a los franceses en Holanda.

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