Siglo de Hierro
El final de un Imperio

República de Venecia

Además de Nápoles-Sicilia y de los Estados pontificios, la república de Venecia era todavía una de las piezas sobresalientes en el mosaico italiano, quizá la más fuerte, pues seguía contando con un amplio territorio, con sus posesiones marítimas y con una apreciable flota que le permitía ocupar un lugar destacado entre las potencias mediterráneas. Sin embargo, no pudo librarse de la decadencia generalizada que se extendió por la península italiana en el transcurso del siglo, acabando por perder su esplendor comercial y su dinamismo mercantil tanto por el conservadurismo social de su patriciado, volcado cada vez más hacia la propiedad de la tierra y a vivir, al igual que toda clase aristocrática, de rentas, como por la debilidad creciente que mostraba respecto a sus muy poderosos contrincantes y rivales en el plano internacional, sin olvidar la sangría en dinero, hombres y esfuerzos que le supuso el largo conflicto que sostuvo con los turcos por el dominio de la isla de Candía (Creta), que finalmente terminaría perdiendo en 1669, prueba evidente de la merma que había sufrido su potencial y de su posición cada vez más marginal en el sistema de alianzas imperante por entonces. Por lo menos pudo permanecer independiente, sin estar sometida a ninguna potencia extranjera, hecho nada desdeñable si se tiene en cuenta que la mayor parte de los Estados italianos se hallaban bajo la influencia de Francia o de España.
 
Aun valorando en sus justos términos la ascensión de los Estados de Toscana y de Saboya dentro del marco político italiano, sin embargo era la República de Venecia la que seguía manteniendo un mayor potencial y una más sólida posición, destacando por encima de los restantes núcleos políticos de la península. El régimen de la Señoría mantuvo a lo largo del Quinientos la significación política que la había caracterizado en siglos anteriores. Seguía siendo, pues, una pieza importante del mapa político europeo, interviniendo activamente en las disputas internacionales merced al poderío territorial y marítimo que conservaba desde su etapa anterior como potencia mediterránea. Con un sistema de gobierno y administración que se mostraba operativo y eficaz, con una organización social bastante representativa en comparación a lo que para entonces era usual, sin graves problemas internos que combatir y con unas disponibilidades económicas que le permitían contar con unas fuerzas militares adecuadas a sus necesidades de defensa y a sus pretensiones exteriores, el Estado veneciano supo conservar su papel de primera estrella del firmamento italiano.
El aristocratismo republicano no era patrimonio de una cerrada oligarquía nobiliaria que ocupase el poder de forma tiránica, permanente y exclusiva, sino que, por el contrario, una relativa rotación y alternancia en las esferas gubernamentales eran notas distintivas de su peculiar ordenamiento constitucional, eso sí, siempre sobre la base de una estructuración socio-política estamental en la que la nobleza, aunque abierta y en renovación, no había perdido ni mucho menos su posición sobresaliente. La representación del Estado recaía de forma vitalicia en la figura del Dux, personaje símbolo de la grandeza de la Señoría, al que se le rodeaba de majestuosidad v exaltación ceremonial, a pesar de que su poder efectivo resultaba mínimo. El cuerpo más numeroso del conjunto institucional era el Gran Consejo, integrado por un amplio colectivo aristocrático, órgano soberano del poder de la República del que emanaban las leyes y desde el que se hacía el nombramiento de los cargos públicos, así como la elección de los miembros que integraban el Senado, especialmente orientado éste hacia la dirección y supervisión de los asuntos exteriores. Otros colegios especializados y el "Tribunal de la Cuarantia", junto al Consejo de los Diez, principal organismo ejecutivo, completaba el aparato institucional del Estado veneciano, que había dado y estaba dando muestras de una gran estabilidad y fortaleza en el transcurso de los años y de una notable adecuación a las exigencias de estructuración política que demandaban los nuevos tiempos modernos.

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