Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Ambrosia de Uceda

Ambrosia de Uceda, dama de la reina doña Mariana de Austria. Fernando Valenzuela y Enciso regresó a Madrid en 1659 y dos años después contrajo matrimonio con Ambrosia de Uceda.
De 1670 a 1675, gobierna España el nuevo valido Fernando Valenzuela y Enciso, un caballerizo ambicioso, sin escrúpulos y de escasa inteligencia, n. en Nápoles (1636) y casado con María Ambrosia de Uceda, camarera de la reina. Gracias al favor de ésta, consigue Valenzuela cargos, prebendas y un título nobiliario, encumbrándose sobre todos los nobles, entre los que fomenta el cohecho, extendido también a los beneficios eclesiásticos, con el apoyo de su regia protectora.

Harto de las intrigas palaciegas de Valenzuela, Juan José de Austria tomó cartas en el asunto rebelándose en Zaragoza con las tropas de que disponía (las que habían luchado contra los franceses en la frontera de Cataluña), y, dirigiéndose a Madrid, entró en la capital el 23 de enero de 1677, donde la regente le cedió –rendida- el gobierno mientras el valido se refugiaba atemorizado en el real monasterio de El Escorial. Tal vez creía que allí disfrutaría en última instancia de la protección de suelo sagrado, pero don Juan José no se amedrentó lo más mínimo y lo mando sacar a la fuerza del oportuno asilo. Inmediatamente se inició el juicio sumario para determinar sus delitos y castigarlos con una dura sentencia; se le encontró culpable de prevaricación y venda de cargos públicos, además de acusársele de haber robado unos cien millones de reales.

Se realizó el inventario total de sus bienes, y aunque las acusaciones especulaban enormes desfalcos, se le descubrieron tan sólo unos diez millones. No valieron demasiado las alegaciones de inocencia ante la cólera popular, que desde el inicio del juicio demandaba su confiscación de bienes y la pena de muerte. Sin embargo, la jurisdicción eclesiástica pudo invocar en su favor el derecho de asilo que había sido totalmente quebrantado al detenérsele en El Escorial, lo que tan sólo dejó como única opción el irrevocable destierro a Filipinas para unos diez años. Hacia allí se encaminaría al año siguiente.
La esposa de Valenzuela fue también una víctima más de la ira popular, que la trató cruelmente hasta que fue desterrada a Toledo, donde murió loca.

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