Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Papas (1655-1700)

La Santa Sede o Sede Apostólica es la expresión con que se alude a la posición del Papa en tanto que Cabeza Suprema de la Iglesia Católica, en oposición a la referencia a la Ciudad del Vaticano en tanto que Estado soberano, aunque ambas realidades están íntimamente relacionadas y es un hecho que el Vaticano existe como Estado al servicio de la Iglesia.

La Santa Sede tiene personalidad jurídica propia y es ella, en estricto rigor, la que mantiene relaciones diplomáticas con los demás países del mundo. Por ello, los Pactos de Letrán de 1929 que, entre otras materias, dieron origen al Estado de la Ciudad del Vaticano, fueron celebrados entre la Santa Sede y el entonces Reino de Italia.

Papas (1655-1700)

237 -Alejandro VII (Fabio Chigi): Siena; Abril 7 (18), 1655 – Septiembre 22, 1667.
Nació Siena. Elegido el 18-IV-1655, murió el 22-V-1667. Hizo lo posible por impedir la expansión del protestantismo sobre todo en Italia e Inglaterra. Ultimo las obras de plaza de S. Pedro. Con el columnado del Bernini y las dos fuentes.

238 -Clemente IX (Giulio Rospigliosi): Pistoia; Junio 20 (26), 1667 – Diciembre 9, 1669.
Nació en Pistoia. Elegido el 26-VI-1667, murió el 9-XII-1669. Fue mediador en las guerras de sucesión entre Francia, España, Inglaterra, Holanda, con la paz de Aquisgran llamada Clementina. El columnado de S. Pedro (284) fue completado con los 140 Santos.

239 -Clemente X (Emilio Altieri): Roma; Abril 29 (Mayo 11), 1670 -Julio 22, 1676.
Nació en Roma. Elegido el 11-V-1670, murió el 22-VII-1676. Intervino en la elección del Rey de Polonia obteniendo el nombramiento de Juan Sobieski, amado por sus convicciones cristianas y por haber derrotado a los Turcos en la batalla de Chaezim. Celebro el 15B Jubileo(1675).

240 -Beato Inocencio XI (Benedetto Odescalci): Como (Italia); Septiembre 21 (Octubre 4), 1676 – Agosto 12, 1689.
Nació en Como. Elegido el 4-X-1676, murió el 12-VIII-1689. Suprimo los derechos de franquicia y extirpó el nepotismo. Se opuso a la violencia de Luis XIV de Francia. Estimulo al rey polaco Sobieskj que derroto a los turcos en Viena. Instituyo la fiesta de Maria el 12 de Diciembre.

241 -Alejandro VIII (Pietro Ottoboni): Venecia; Octubre 6 (16), 1689 – Febrero 1, 1691.
Nació en Venecia. Elegido el 16-X-1689, murió el 1-II-1691. Nombrado por la intervención de Luis de Francia, llego a un acuerdo sobre las 4 propuestas de la "libertad galicanas". Concedió ayudas al rey de Polonia ya los venecianos para luchar contra los Turcos. Amplio la biblioteca Vaticana.

242 -Inocencio XII (Antonio Pignatelli): Spinazzola; Julio 12 (15), 1691 – Septiembre 27, 1700.
Nació en Nápoles. Elegido el 45-VII-1691, murió el 27-IX-1700. Obligó a los curas a llevar todos los días el hábito y hacer los ejercicios espirituales. Luis XIV renunció a las "proposiciones galicanas" y el Papa reconoció los obispos del Rey. proclamó el 16º Jubileo (1700). Ayudó las Misione en Asia.

El centro de la península italica seguía estando ocupado por los Estados Pontificios, a cuyo frente se hallaba el Papa, que mantenía su doble papel de cabeza de la Iglesia católica y de soberano de dichos territorios. En la esfera internacional, el Pontífice romano perdía cada vez más protagonismo, pues ya no era requerida su mediación ni podía convertirse en árbitro de la situación como había sucedido en tiempos cada vez más lejanos. En un siglo marcado por los duros enfrentamientos entre las grandes potencias y donde primaba la defensa de los intereses materiales y territoriales como fórmula de engrandecimiento de los Estados, resultaba casi un anacronismo los intentos del Papado de hacer valer su poder espiritual o sus protestas sobre el reparto de influencias que se estaba produciendo; tan sólo le quedaba la posibilidad de maniobrar, como un príncipe terrenal cualquiera, en el complicado juego de las alianzas y de los pactos entre soberanos, como forma de salvaguardar sus posesiones territoriales.
En el plano de la política interior tampoco se modificaron apenas los rasgos característicos del siglo anterior. La frecuente sucesión de los ocupantes del solio pontificio, motivada por la corta duración de la mayor parte de los reinados papales, continuaba siendo un notable inconveniente para el fortalecimiento del poder principesco y para la fijación de unos proyectos políticos que pudieran mantenerse a medio y largo plazo, aparte de la inestabilidad de gobierno que esto implicaba y de los problemas que se planteaban en los cónclaves cada vez que había que nombrar un nuevo Sumo Pontífice. Nada menos que once Papas se contabilizan en el transcurso del siglo XVII, desde Clemente VIII (1592-1605) a Inocencio XII (1691-1700). Algunos de ellos apenas pudieron gozar de su reinado por el poco tiempo que estuvieron en el trono, como por ejemplo Gregorio XV (1621-1623), Clemente IX (1667-1669), Clemente X (1670-1676) o Alejandro VIII (1689-1691); otros gobernaron durante una década aproximadamente casos de Inocencio X (1644-1655), Alejandro VII (1656-1667), Inocencio XI (1676-1689) o Inocencio XII (1691-1700); algo más duró Pablo V (1605-1621), siendo el mandato más largo el de Urbano VIII (1623-1644). En consecuencia, basta una simple comparación con el amplísimo reinado de Luis XIV de Francia (1661?1715), o con el de muchos otros gobernantes europeos del mismo siglo, para poner de manifiesto el serio problema que suponía para el soberano romano su corta permanencia al frente de los Estados de la Iglesia, dificultad que en parte se pretendía contrarrestar, como era costumbre, acudiendo de inmediato al nepotismo, al nombramiento de familiares y parientes para ocupar altos cargos de la administración papal, práctica que servía, por un lado, para favorecer al linaje de procedencia, y por otro, para buscar una mayor fidelidad y apoyo en el equipo de gobierno.
Tampoco pudo conseguir el Papado un mayor control sobre los diversos feudos que integraban el Estado pontificio, ni imponer una autoridad indiscutida, ya que las poderosas familias que en ellos se disputaban el poder continuaron disfrutando de autonomía en las zonas que quedaban bajo su jurisdicción. Por otra parte, la Curia romana siguió dando pruebas de ostentación, derroche y atracción por el lujo que contrastaban enormemente con las formas de vida y la penuria que padecían las masas urbanas y campesinas de su entorno inmediato. La relajación moral que había mostrado la jerarquía eclesiástica renacentista sí que pudo ser combatida con relativo éxito, destacando en este sentido el Papado del siglo XVII por una mayor religiosidad en la línea renovadora que desde Trento empezó a desarrollarse en el interior de la propia Iglesia católica, aunque en sus titulares siguieron predominando los intereses temporales sobre los espirituales y, salvo alguna que otra excepción, los Papas no brillaron precisamente por su actitud reformista ni por adaptar su conducta a los ideales evangélicos.

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