Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Suecia

 

La evolución del régimen político sueco mostraba bien a las claras la afirmación de la Corona y del Gobierno central, por un lado, mientras que, por el otro, aumentaba el predominio de la clase nobiliaria aun teniendo en cuenta los roces y enfrentamientos que se detectaron en determinados momentos entre ambos poderes. Así, la primera década del siglo contempló la pugna entre el rey Carlos IX, deseoso de consolidar su soberanía, y la alta aristocracia, que insistía en la defensa de sus privilegios. Desde 1604 quedó realzado el papel del trono, cobrando éste todavía mayor relevancia durante el reinado del siguiente monarca, el gran Gustavo II Adolfo (1611?1632), con el que la Corona sueca alcanzó su mayor etapa de esplendor. La propia personalidad del nuevo rey, que había sido educado para que asumiera con éxito la responsabilidad de su tarea regia, contribuyó muy mucho al logro de sus objetivos. De físico agraciado y robusto, inteligente, culto y de profunda religiosidad, pronto destacaría como estadista y jefe militar. Sus biógrafos han dejado una imagen muy positiva y exaltadora de su figura, que al parecer se vio correspondida en la realidad y confirmada en gran medida por su actuación pública, hasta el punto de llegar a convertirse en uno de los protagonistas más destacados de la escena política de la Europa de su tiempo.
Quiso convertir a Suecia en una gran potencia, controlar el Báltico para hacerlo un lago sueco y extender la causa protestante, de la que se mostró un ferviente defensor. Una buena parte de sus pretensiones logró realizarlas, contando con la necesaria base económica gracias a la producción minera del país, al desarrollo de la industria metalúrgica y a los subsidios obtenidos del extranjero, mayormente de Francia, de la que se convirtió en un eficaz aliado. El apoyo nobiliario y el fuerte respaldo social a su política de grandeza le permitieron dotar a sus empresas de un sentido nacional, confirmado por la formación de un poderoso ejército integrado mayoritariamente por soldados suecos, reclutados de forma casi obligatoria en un precedente de lo que posteriormente llegarían a ser las milicias nacionales, acompañados por la presencia igualmente destacada de mercenarios extranjeros, especialmente alemanes. La mejora del armamento utilizado, los avances tácticos aplicados en las formaciones de combate, la rígida disciplina que se impuso y el profundo fervor religioso que le dio cohesión y espíritu de lucha, hicieron del ejército sueco, liderado por el propio monarca, una fuerza casi incontenible, como se demostró en su marcha triunfante por los campos de batalla en los que intervino, pudiéndose destacar su participación en la guerra de los Treinta Años, en el transcurso de la cual Gustavo II Adolfo encontró la muerte de forma un tanto inesperada en Sajonia (Lützen, noviembre de 1632).
Durante su reinado, la Monarquía experimentó una renovada fuerza como motor de la maquinaria estatal, efectuando una reorganización interior en el sentido de reforzar el poder central y teniendo que recurrir a buscar el apoyo de la nobleza, que vio aumentados sus privilegios y su posición como clase dominante a cambio de la colaboración militar y política que le prestó a la Corona. El canciller Axel Oxenstierna, perteneciente a la alta aristocracia y personaje decisivo en la vida pública sueca hasta su muerte en 1654, simbolizó mejor que nadie esta colaboración entre el trono y los grupos nobiliarios. La autoridad regia fue confirmada asimismo por el asentimiento de la Dieta y del Senado, cuerpos más o menos representativos a los que el soberano trató con gran respeto, en su deseo de moverse siempre dentro de la legalidad por entonces establecida. La labor de Gustavo Adolfo se extendió también a la reorganización de la justicia y a la creación de audiencias territoriales. En el terreno económico su Gobierno intentó aplicar una política de corte mercantilista, sobre todo queriendo obtener los mayores recursos posibles para hacer frente a los cuantiosos gastos ocasionados por sus proyectos expansionistas. Hacia el exterior, los logros se sucedieron hasta el mismo momento de su muerte: el tratado de Knäred (1613) con Dinamarca, por el que se permitía a los navíos suecos la libertad de navegación; el de Stolbova (1617) con Rusia, que confirmaba la posesión sueca de Carelia, recibiendo además Ingria; y la tregua de Altmark (1629) con Polonia, obteniendo de ésta Livonia, algunos puertos situados en la Prusia oriental y los beneficios aduaneros de Danzig. Se empezaba a cumplir así uno de los objetivos de Suecia: el control del Báltico y el predominio sobre los países de la zona.
Nada más producirse la tragedia de Lützen, que ocasionó la desaparición de Gustavo II Adolfo, la Dieta reconoció a su hija Cristina, una niña de seis años, como heredera del trono, pero dada su minoría de edad se estableció una regencia que estuvo dominada por el todopoderoso Oxenstierna, lo que se tradujo en una etapa de gobierno nobiliario directo (plasmado en la Constitución de 1634) hasta la proclamación de la mayoría de edad de la reina. Cuando Cristina ocupó el poder, en 1645, intentó limitar algo la avasalladora situación de los privilegiados reunidos en torno al hasta entonces canciller?regente. Fueron unos años difíciles para la joven soberana, que pretendió mostrarse independiente y con criterios propios, para lo que estaba bien preparada por su amplia educación e inteligencia, pero una serie de circunstancias, tanto personales como religiosas y políticas, la llevaron a abdicar en 1654. Unos años antes había nombrado como sucesor a su primo, que de esta manera un tanto sorprendente se convirtió en el nuevo rey Carlos X Gustavo (1654-1660), un monarca que sólo pudo gobernar durante unos pocos años, en los que se planteó una ambiciosa política exterior muy superior a sus posibilidades, motivo de nuevos enfrentamientos bélicos con Dinamarca y Polonia. No obstante, al poco tiempo de su fallecimiento, el juego de las relaciones internacionales permitiría la continuación del expansionismo sueco, alcanzándose en 1660 el dominio sobre el Báltico tan codiciado desde tiempo atrás.
Si se intenta hacer un breve esquema de la situación de los países nórdicos y orientales europeos en el siglo XVII, observamos que se dan una serie de notas comunes a la mayoría de ellos que permiten agruparlos en un mismo bloque, aunque sus diferencias también resulten apreciables, así como su evolución y sus logros o fracasos en el transcurso de la centuria. Eran Estados que se extendían por territorios amplísimos, con densidades bajas de población y con fronteras poco definidas, continuamente amenazadas por la tendencia a la expansión de los otros gobiernos de la zona, lo que generaba de continuo conflictos y tensiones bélicas que se veían incentivados, por otra parte, por los problemas internos de cada uno de ellos, que provocaban, al amparo de la debilidad que esto suponía, el intervencionismo de los restantes.
A pesar de los vaivenes que se dieron, algunas referencias más o menos generales pueden establecerse para explicar mejor aquel panorama político. El dominio del Báltico por parte de Suecia fue en incremento, hasta convertirse en la gran potencia de la zona; por contra, los fracasos de Dinamarca fueron evidentes, experimentando un cierto retroceso respecto a su destacado papel en la centuria anterior; Rusia empezó a dejar atrás el período de los disturbios que la habían relegado a una posición bastante secundaria en el conjunto internacional, reiniciando una etapa de consolidación y robustecimiento de su aparato estatal; Polonia mantendría, desgraciadamente para ella, su debilidad interna, lo que no haría más que acentuar su papel de víctima propicia ante los avances de los países vecinos.
Los logros del absolutismo monárquico en buena parte de aquel ámbito tuvieron que ver mucho en la configuración de estas relaciones tan desfavorables para Polonia, que se mostró incapaz de articular un poder central fuerte y autoritario frente al que se estaba levantando en cada una de las demás entidades nacionales. Pero la marcha de las Monarquías hacia el poder absoluto en sus respectivos territorios no fue ni mucho menos un camino fácil y continuado, sino que estuvo plagado de dificultades y de retrocesos, especialmente ocasionados por el proceso paralelo de engrandecimiento nobiliario, puesto de manifiesto en el incremento del poder de la aristocracia tanto en el terreno político, como en el económico y en el social, hasta el punto de que se operó por todos lados una profunda refeudalización o, si se prefiere, una rotunda reseñorialización, que vino acompañada por un aumento de la presión sobre el campesinado que reafirmó el tránsito hacia la servidumbre. Mucho mejor, quizá, que en otras partes de Europa, por estas tierras se produjo la formación de ese complejo monárquico-señorial, sustentado en los intereses mutuos de la realeza y de la nobleza, al que se suele llamar absolutismo.
 
La hegemonía de Suecia
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
El fin del siglo XVII
La potencialidad de Suecia se mantendría con Carlos XI (1660-1697), cuyo reinado se prolongaría hasta finales de la centuria, cerrándose así el ciclo de esplendor de esta Monarquía nórdica abierto en sus inicios. Cuando heredó el trono el nuevo soberano, hijo del anterior, tan sólo tenía cinco años de edad, originándose por tanto la inevitable y siempre perturbadora etapa de regencia, que en esta ocasión tuvo como elementos destacados a la reina madre y al canciller Magnus La Gardie; período que nuevamente iba a ser aprovechado por la alta aristocracia para seguir ostentando su destacada posición como grupo dominante y para aumentar todavía más sus posesiones territoriales, ya que las necesidades financieras exigidas por las campañas bélicas que estaban desarrollándose obligaban a continuar con las enajenaciones de las tierras realengas, práctica que venía produciéndose desde reinados anteriores y que tanto malestar había venido sembrando en los grupos no privilegiados de la sociedad, ante la abusiva concentración de bienes inmuebles en manos de la nobleza, que por otra parte supo aprovecharse de las dificultades económicas de los campesinos humildes adquiriendo las tierras que éstos se veían obligados a poner en venta. En teoría se habían decidido ya algunas reducciones, es decir, la devolución por parte de la nobleza de las tierras enajenadas en su favor, pero esta medida tardaría aún unos años en poderse poner en práctica, debiéndose esperar a la última fase del reinado de Carlos XI, cuando éste pudo afirmar su absolutismo y, tras contar con el apoyo de los demás estamentos representados en la Dieta, someter a la alta aristocracia. En 1672 el rey había tomado el poder poniendo fin a la regencia, pero tuvo que esperar un decenio para conseguir afianzar su poder soberano. Así pues, en las dos últimas décadas del siglo XVII se produjo el triunfo más evidente del absolutismo monárquico en Suecia, sancionado por la Dieta, en la que la nobleza había perdido su dominio y que acordó la supresión del Consejo de regencia y concedió la libertad de legislar a la Corona sin control alguno. No obstante, en el siguiente reinado todo cambiaría.

 

El siglo XVII presenció el ascenso de Suecia hasta convertirse en una de las grandes potencias de Europa, gracias a su participación exitosa, iniciada por el rey Gustavo II Adolfo, en la Guerra de los Treinta Años. Esta posición se desmoronaría en el siglo XVIII cuando Rusia Imperial tomó las riendas de Europa septentrional al final de llamada Gran Guerra del Norte, que terminó con la muerte del rey Carlos XII en 1718, para posteriormente, separar la mitad oriental de Suecia, anexándose el Gran Ducado de Finlandia.

Suecia fue una de las grandes potencias europeas del siglo XVII. En la historiografía moderna esta época es conocida como Stormaktstiden (en sueco, "La era de grandeza" o "La era del poderío").

Guerras del Norte

Suecia había ganado una influencia política considerable en el viejo continente, que sin embargo se veía ensombrecida por la pérdida de prestigio moral. Tras la ascensión de Carlos X al trono en 1655, los vecinos de Suecia podían haberse convertido en poderosos aliados. Sin embargo, las pérdidas territoriales, combinadas con la pérdida de libertades religiosas aflojaron sus lazos con Suecia. Cinco años más tarde, a la muerte de Carlos X, Suecia se había ganado el odio de los estados fronterizos, por su laxitud en la defensa del protestantismo. El intento de Carlos de ganarse el favor de los electores de Brandeburgo por medio de la división de Polonia, su política original, creó un nuevo rival en el sur tan peligroso como el Reino de Dinamarca al oeste.

En 1660, tras cinco años de guerra, Suecia había conseguido la paz y la oportunidad de organizar y desarrollar el nuevo imperio. Sin embargo, la regencia de 15 años que siguió a la muerte de Carlos X fue incapaz de manejar la situación que se les presentaba. La administración sufría de divisiones internas y carencia de talento. Los grandes rivales eran el partido militar-aristocrático, dirigido por Magnus Gabriel De la Gardie, y el partido de la paz y la economía de Johan Gyllenstierna. El grupo aristocrático prevaleció, trayendo consigo un desprestigio moral que se hizo notorio para sus vecinos. La administración se caracterizaba por su lentitud y despreocupación, lo que conllevó a una negligencia total en sus tareas. Aparte de esto, la corrupción del gobierno llevó a Suecia a ser contratada por potencias externas. Esta "política de subsidio" data desde el Tratado de Fontainebleau de 1661, cuando Suecia, a cambio de una considerable suma monetaria, apoyó al candidato francés al trono polaco. Suecia se encontraba a dos aguas entre Luis XIV de Francia y sus adversarios para controlar los Países Bajos Españoles. La facción anti-francesa se erigió triunfante, y en abril de 1668, Suecia se unió a la Triple Alianza, que acabó con las ganancias territoriales francesas del tratado de Aix-la-Chapelle. Durante los siguientes cuatro años, Suecia se mantuvo leal a la Alianza, pero en 1672 Luis XIV consiguió aislar a la República de Flandes, ganándose de nuevo a Suecia para su bando.

Por el Tratado de Estocolmo, el 14 de abril de 1672, Suecia firmó un compromiso con los franceses para proteger Holanda de reclamaciones alemanas, a cambio de 400 000 Riksdaler por año de paz, y 600 000 por año de guerra.

En 1674, Luis XIV exigió a Suecia, en virtud de su alianza, que atacara Brandeburgo. En mayo de 1675, un ejército sueco avanzó hacia la Marca, pero fue derrotado en la batalla de Fehrbellin el 18 de junio y se retiró a Demmin. El combate de Fehrbellin no pasó de una escaramuza, cuyas bajas reales ascendían a menos de 600 hombres, pero fue un golpe de efecto a la aparente invulnerabilidad de Suecia. Esto propició que sus países vecinos le atacaran en lo que fue conocido como la Guerra Escanesa.

El imperio comenzó a tambalearse. En 1675, Pomerania y el Ducado de Bremen fueron arrebatados de manos suecas por Brandeburgo-Prusia, Austria y Dinamarca. En diciembre de 1677, el príncipe elector de Brandeburgo capturó Stettin. Stralsund cayó el 15 de octubre de 1678. La última posesión de Suecia al otro lado del Báltico, Greifswald, se perdió el 5 de noviembre. La alianza defensiva con Juan III de Polonia quedó en papel mojado tras la derrota y aniquilación del poder naval sueco en las batallas de Öland (17 de junio de 1676) y de Fehmarn (junio de 1677), y las dificultades del rey polaco.

Gracias a los éxitos militares del joven rey en Escandinavia y la actividad diplomática de Luis XIV, se instauró un congreso de guerra en marzo de 1677 en Nijmwegenin. A comienzos de abril de 1678, el rey francés dictó los términos de la paz. Una de sus principales condiciones fue la restitución completa de Suecia, ya que necesitaba un poderoso aliado en el Mar Báltico. Carlos XI rehusó cualquier tipo de concesión territorial a sus enemigos, por lo que el rey francés decidió negociar en nombre de Suecia sin su consentimiento. Por los tratados de Nimega del 7 de febrero y de St. Germain, el 29 de junio de 1679, Suecia recuperó la totalidad de sus territorios en Alemania. El 2 de septiembre, en la paz de Fontainebleau fue confirmada seguidamente por la Paz de Lund (4 de octubre de 1679). Dinamarca fue obligada a ceder las tierras conquistadas de vuelta a Suecia.

Aunque Suecia nunca hubiera conseguido estas concesiones actuando sola, Carlos XI guardó un creciente resentimiento contra Luis XIV.

Carlos XI de Suecia

Rey Carlos XI

Tras la guerra, el rey se convenció de que si Suecia deseaba mantener su estatus como gran potencia, necesitaba reformar de forma radicar su sistema financiero y delimitar el poder de la aristocracia. Carlos XI recurrió a la baja nobleza y a la burguesía como aliados para hacer frente a estas reformas. Como resultado, se produjo una revolución que convirtió al país en una monarquía semi-absoluta.

En el Riksdag de Estocolmo, en octubre de 1680, comenzó una nueva era en la Historia de Suecia. A petición del Tercer Estado, apareció sobre la mesa la cuestión de las tierras de la corona en manos de la aristocracia. Una resolución de la dieta obligaba que todos los condados, baronías, marquesados y otros dominios que produjeran una renta anual mayor a una cierta cantidad regresaran a manos de la Corona (Reduktion). En esa misma reunión se estableció que el rey no estaba sujeto a ninguna constitución, sólo a la ley y a los estatutos; no estaba obligado tampoco a consultar el Consejo Privado, sino ser reconocido como señor y soberano. El nombre del Consejo Privado cambió de Riksråd (Consejo de Estado) a Kungligt råd (Consejo Real); un signo visible de que los consejeros dejaban de ser socios del rey, sino más bien sus sirvientes.

De este modo, Suecia se convertía en una monarquía absoluta, que incrementaba los derechos de la población en el parlamento para ser consultada sobre todos los asuntos importantes. El Riksdag, completamente eclipsado por la corona, se encargaba de poco más que registrar los títulos de los decretos reales durante el reinado de Carlos XI; pero continuó existiendo como parte esencial del gobierno. A pesar de las apariencias, esta transferencia de autoridad fue voluntaria. La población, confiando en el rey como su aliado, le respetaban y colaboraban con él. El Riksdag de 1682 concedió poderes de asignación y abolición de fiefs por parte del rey, haciéndole dueño temporal de estas propiedades. Este principio de autocracia se extiende a la autoridad legislativa del rey, desde que el 9 de diciembre de 1682, los cuatro estamentos confirmaron no sólo los poderes legislativos del rey, sino el derecho de interpretar y enmendar la ley común.

La recuperación de las tierras de la Corona mantuvo a Carlos XI ocupado durante el resto de su vida. Creó una comisión temporal, que fue finalmente convertida en un departamento de Estado permanente. Actuaba sobre el principio de que los terrenos privados podrían ser cuestionados, pues en algún momento habían pertenecido a la Corona. La tarea de defender sus derechos sobre la propiedad recaía sobre el dueño actual de la misma, no sobre la Corona.

Los ingresos obtenidos por la Corona tras la Reduktion son inestimables, aunque gracias a ellos, junto con una economía rígida y cuidadosa administración, Carlos XI redujo la deuda nacional en tres cuartas partes.

Carlos XI reorganizó el indelningsverk, un sistema militar que ligaba ejército y tierras. Derivaba del sistema antiguo, donde los militares poseedores de las tierras, en lugar de pagar una renta, estaban obligados a equipar y mantener un soldado de caballería y su montura. El knekthållare suministraba la infantería debidamente equipada. A los soldados se les asignaba propiedades, de las cuales vivían en tiempos de paz. Anteriormente existía un servicio militar obligatorio, pero se había mostrado inadecuado además de impopular, y fue abolido en 1682 por Carlos XI.

La flota fue remodelada por completo. Demostrada la ineficacia de Estocolmo como base naval en la guerra recién finalizada, se emprendió la construcción de una nueva base en Karlskrona. Tras diecisiete años de dificultades económicas, la empresa fue finalmente acabada. A la muerte de Carlos XI, la armada sueca comprendía 43 naves de línea de tres cubiertas, operados por 11 000 marinos y armados con 2 648 cañones, además de contar con uno de los mejores arsenales y astilleros del mundo.

Gran Guerra del Norte

Victoria sueca en Narva, óleo de Gustaf Cederström, 1910

Desde 1679, Carlos XI, hábil diplomático, defendió la política de Oxenstierna, consiguiendo mantener la paz y el equilibrio de fuerzas en Europa central, además de una posición estrictamente neutral.

A su muerte, el 5 de abril de 1697, su hijo Carlos XII ascendió al trono. Sólo contaba con quince años.

Los viejos enemigos de Suecia, Reino de Dinamarca y Noruega, Sajonia y Rusia, viendo su oportunidad de resarcirse de viejas heridas mientras Suecia seguía gobernada por un rey joven e inexperto, le declararon la guerra en 1700.

Carlos XII hizo frente a cada amenaza individualmente. Tras asegurarse el apoyo de Inglaterra y Holanda, potencias marítimas que temían que Dinamarca-Noruega cerrara el acceso al Báltico, dirigió la primera campaña contra su primo Federico IV de Dinamarca. Éste amenazaba los dominios de su cuñado, Federico IV de Holstein-Gottorp.

Carlos XII embarcó un ejército de 8 000 soldados en una armada de 43 navíos, invadiendo Selandia y forzando a los daneses a capitular. La Paz de Travendal, por la cual los daneses se vieron obligados a indemnizar a Holstein, se firmó en agosto de 1700.

Derrotado el Reino de Dinamarca y Noruega, Carlos XII volvió su atención hacia sus otros dos poderosos vecinos: el rey Augusto II de Polonia, también primo suyo, y el zar Pedro el Grande de Rusia.

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