Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Pugna franco-holandesa (España)

Guerra de Devolución y pugna franco-holandesa (España)
Época: Austrias Menores
Inicio: Año 1600; Fin: Año 1700

Antecedente: Política exterior: de la grandeza a la decadencia

En el plano internacional, el reinado de Carlos II presenta ciertas características que le diferencian notablemente del anterior. El monarca español, incapaz de defender la soberanía de los Países Bajos y del Franco Condado por el control que Luis XIV ejercía sobre Alsacia, Lorena y los cantones suizos, bloqueando el envío de socorros por tierra desde Italia, aunque la vía marítima del Canal de La Mancha estaba abierta gracias a la cooperación de la flota holandesa, procurará atraerse a Inglaterra y a las potencias septentrionales, además de estrechar los vínculos, muy distendidos desde 1648, con Viena, para conservar dichos territorios.
Esta dependencia de la política exterior de España coincide con cierto desinterés por los negocios centroeuropeos, hasta el punto de que algunos consejeros preferirán abandonar los Países Bajos -éste es el parecer del conde de Peñaranda y del marqués de Mancera, no así el de Juan José de Austria o el del marqués de Castel Rodrigo- que enfrentarse a Francia por su conservación. En su lugar, los gobernantes dirigen su mirada hacia el Mediterráneo occidental, cambio de orientación debido, sin duda, a una mayor presencia de las marinas francesa e inglesa en sus aguas, así como a la reactivación del tráfico mercantil en la zona, simultánea con la gran depresión del comercio del grano en el Báltico durante la segunda mitad de la centuria y relacionada al parecer con un aumento de la productividad cerealista en la Europa meridional.
Semejante giro en los objetivos estratégicos de la diplomacia española se aprecia desde los inicios mismos del reinado, y aún antes, tras la ocupación inglesa de la plaza de Tánger. Madrid intentará en vano recuperar este enclave, propiciando la alianza con los reyezuelos del norte de Africa, como procurará fortalecer su posición en la zona con la conquista de Alhucemas, y defender los presidios de Orán, Melilla, Larache, La Mámora y, sobre todo, Ceuta -esta plaza, que formaba parte del reino de Portugal, se inclinó abiertamente hacia España en 1640- acosados en la década de los ochenta por los argelinos y por Muley Ismail.

 
En el norte y centro de Europa, por el contrario, las acciones de España serán más tibias, tal como se aprecia en el enfrentamiento hispano-francés de 1667 provocado por el deseo de Luis XIV de apropiarse los Países Bajos -o al menos una parte- con el pretexto de no haber recibido la dote de su esposa María Teresa. De este modo, y aprovechándose tanto del distanciamiento entre Madrid y Viena, como del conflicto anglo-holandés por el dominio de los mares, lo que privaba a Madrid del auxilio de dos poderosos aliados, el monarca francés rompe las hostilidades, en un momento además de gran inestabilidad en el interior de la monarquía a raíz del enfrentamiento de Juan José de Austria con el padre Nithard: se inicia así la llamada Guerra de Devolución.
La respuesta de la reina regente no se hizo esperar. A la prohibición de comercio con Francia y la represalia de los bienes de los súbditos de Luis XIV en los reinos hispánicos, como se adoptó en 1635, le sigue el desarrollo de las acciones militares, si bien el ejército español no puede impedir el avance del rey Cristianísimo, que en una meteórica campaña ocupa el Franco Condado y varias plazas fuertes en los Países Bajos ante la pasividad del Emperador, quien si en un primer momento tantea la posibilidad de formar una alianza antifrancesa con Holanda, Inglaterra, Suecia y Brandemburgo, pronto negocia con París un tratado de repartición por el cual, en el caso de que muriese el rey de España, Francia recibiría los Países Bajos, el Franco Condado, Navarra, las islas Filipinas, Nápoles, Sicilia y los presidios del norte de Africa, obteniendo Leopoldo I el resto de las posesiones de la Monarquía hispánica. La traición de Leopoldo I a la Corona española, junto con los éxitos franceses, alarmaron a Inglaterra y Holanda que ponen fin a sus diferencias, formalizando seguidamente con Suecia la Triple Alianza para frenar las ambiciones de Luis XIV, aunque en la práctica su estrategia se orientará a conseguir de la regente del reino Mariana de Austria que acceda a otorgar ciertas concesiones territoriales a Francia en los Países Bajos (cesión de Lille y de otras plazas) a cambio de recuperar el Franco Condado, acuerdo aceptado por ambas partes con la firma en la primavera de 1668 de la Paz de Aquisgrán.
El deseo de Luis XIV de acabar con el poder comercial de las Provincias Unidas, objetivo que también perseguía Inglaterra, será la causa del conflicto franco-holandés de 1672, en el que España se verá involucrada a su pesar al año siguiente, cuando el ejército francés penetre en los Países Bajos y en el Franco Condado. A su vez, el ataque de Francia a las posesiones de la Monarquía hispánica provocará la intervención del Emperador, no tanto en apoyo de Madrid como en defensa de la estabilidad política de Alemania, ya que el grueso de las tropas aliadas se agrupa en la frontera alemana, donde se producen avances y retrocesos, mientras las plazas españolas en los Países Bajos quedan desguarnecidas, siendo conquistadas fácilmente por Luis XIV, quien ocupa en poco tiempo Limburgo, Cambrai, Valenciennes, Gante e Ypres.

 
En 1676 la revuelta de Mesina brindará a París la oportunidad de abrir un nuevo frente, esta vez en el Mediterráneo, más con la intención de obtener en las negociaciones de paz posiciones ventajosas en Flandes que de instalarse en la isla, en cuyo socorro acudirán con presteza España y Holanda, logrando expulsar a los franceses.
El balance de esta larga contienda se saldará finalmente en la Paz de Nimega (1678) a favor de Francia y de Holanda, ya que la primera engrandece sus fronteras a costa de España con la adquisición de todo el Artois, el Franco Condado y la región marítima de Flandes, mientras que la segunda recupera los territorios conquistados y mantiene sus privilegios comerciales con Francia. Al Emperador, que firma la paz en 1679, se le reintegran algunas plazas del Rin (Philisburgo, por ejemplo), pero Luis XIV mantiene en su poder Friburgo y la fortaleza de Brisach, asegurándose el acceso a Alemania.
 

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