Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Luis XIV de Francia (1638-1715)

 

Luis XIV de Borbón (en francés Louis XIV) (Saint-Germain en Laye, 5 de septiembre de 1638Versalles, 1 de septiembre de 1715), fue Rey de Francia y de Navarra desde el 14 de mayo de 1643 hasta su muerte, con casi 77 años de edad y 72 de reinado.

Conocido como El Rey Sol (Le Roi Soleil) o Luis el Grande (Louis le Grand), fue el primogénito y sucesor de Luis XIII y de Ana de Austria (hija del Rey Felipe III de España). Luis XIV incrementó el poder y la influencia francesa en Europa, combatiendo en tres grandes guerras: la Guerra de Holanda, la Guerra de los Nueve Años y la Guerra de Sucesión Española. Bajo su mandato, Francia no sólo consiguió el poder político y militar, sino también el dominio cultural con personajes como Molière, Racine, Boileau, La Fontaine, Lully, Rigaud, Le Brun y Le Nôtre. Estos logros culturales contribuyeron al prestigio de Francia, su pueblo, su lengua y su rey. Luis XIV, uno de los más destacados reyes de la historia francesa, consiguió crear un régimen absolutista y centralizado, hasta el punto que su reinado es considerado el prototipo de la monarquía absoluta en Europa. La frase «L’État, c’est moi» («El estado soy yo») se le atribuye frecuentemente, aunque está considerada por los historiadores como una imprecisión histórica (si se hace caso de las fechas, Luis tendría cinco años cuando lo dijo), ya que es más probable que dicha frase fuera forjada por sus enemigos políticos para resaltar la visión estereotipada del absolutismo político que Luis representaba. En contraposición a esa cita apócrifa, Luis XIV dijo antes de morir: «Je m’en vais, mais l’État demeurera toujours» («Me marcho, pero el Estado siempre permanecerá»).

Cita

Luis XIV de Francia (1638-1715)

Hijo de Luis XIII, n. el 5 sept. 1638, en St. Germainen-Laye, y m. en Versalles el 1 sept. 1715. Tuvo un largo reinado efectivo de más de media centuria (1661-1715), después de una prolongada minoridad bajo la regencia de su madre, la española Ana de Austria (1643-61). La regencia se vio turbada por la sublevación popular que rubricó la oposición de los Parlamentos y de la nobleza contra la centralización ministerial, tratando de oponer a ella una doctrina constitucional de la monarquía que ponía límites al absolutismo real en beneficio de los estamentos privilegiados del reino (v. FRONDA, REBELIÓN DE LA). L. tenía 10 años cuando comenzó la guerra civil, y 15 cuando concluyó; en su mente quedó un recuerdo negro que determinaría su futuro autoritarismo. El abandono de la indócil París por su corte reverencia) y suntuosa de Versalles, el gran palacio y parque realizados por Le Vau y Le Nótre y decorado por Lebrun, Coysevox y Girardon; la ofensiva sistemática contra el poder político de la nobleza; la humillación de los Parlamentos, privándolos de la función política de deliberar sobre los edictos del rey; el gusto, en fin, por el poder personal y la obediencia reverencia) de cuantos le rodeaban, nacieron en él como reacción contra la debilidad de la realeza en los días de su minoridad.
     
      l. Su carácter y su sistema. Aunque declarado legalmente mayor de edad a los 13 años (1651), L. no comenzó de hecho su reinado personal hasta los 23 (1661), el mismo día de la muerte de Mazarino (v.), el primer ministro italiano que le educó en los secretos de la política. Desde entonces se ocupó personalmente de los asuntos de Estado, cumpliendo hasta el día de su muerte la palabra dada de «ser él su propio primer ministro». Tuvo colaboradores eficaces, y con facultades de decisión en sus respectivos cometidos, pero contrapesados entre sí y sometidos a la definitiva sanción del rey, único que centralizaba la labor de todos los ministerios. L. puso al servicio de esta imponente tarea su enorme capacidad de trabajo, su sólido sentido común -la única cualidad imprescindible para un rey, decía= y, sobre todo, su inmensa vocación por el oficio de rey, que jamás le abandonó. En Versalles reunió su trabajo y sus placeres, sólo separados por el horario estricto de cada día; con un reloj y un calendario, podía asegurarse lo que hacía en cada instante. Reparte su tiempo con absoluta regularidad entre el trabajo y los placeres, entre los consejos y la caza, el baile y el amor, los amores juveniles (Olimpia Mancini, María Mancini, Luisa de La Valliére) o los de su madurez (Mme. de Montespan, Mme. de Maintenon, esta última convertida en esposa del rey por un matrimonio secreto realizado en el invierno de 1863-64, meses después del fallecimiento de su primera esposa, la española María Teresa de Austria).
      L. impone su autoridad personal sobre las fuerzas poderosas de la Francia del Antiguo Régimen (la aristocracia territorial, la nobleza togada, la Iglesia, los Parlamentos, los Estados provinciales, etc.) mediante el totalitarismo de los Consejos, en la corte, y de los comisarios del rey o intendentes, en las provincias. Aparta de su Consejo privado (Conseil d’en Haut o alto Consejo) a los miembros de la familia real y príncipes de sangre, a todos cuantos puedan pretender un poder político en virtud de su nacimiento, y sólo llama a él a tres o cuatro colaboradores íntimos (Le Tellier, Lionne, Colbert, Louvois), hombres de toga de origen humilde, devotos del rey, que no sólo se ocupan de los asuntos de Estado, sino también de los personales del monarca, «incluso de los más íntimos», como Colbert y su esposa, encargados de la educación y crianza de los hijos del rey con Luisa de La Valliére. Burgueses o nobles modestos son también los otros secretarios de Estado -no ministros, pues no tienen acceso directo al rey- de la guerra, de la casa del rey, de negocios extranjeros y de asuntos de la «religión pretendidamente reformada» (R.P.R.).
      Y lo mismo los miembros de los otros Consejos: el Conseil royal o Conseil des finances, cuyas figuras principales son el rey y el controleur général des finances (Colbert); el Conseil des dépéches o de la gobernación interior, donde se estudian los informes de los comisarios reales en las provincias o generalidades; el Conseil des affaires o sección política; el Consejo de Estado o «de las partes», alto tribunal administrativo que juzga en última instancia y preside el rey o el canciller. Aparte queda el Conseil de consciente, que distribuye los obispados y abadías, y componen con el rey el confesor y algunos grandes prelados de confianza. Ésta es la organización completa del Consejo con sus diversas secciones, órgano del régimen ministerial que L. recibe ya formado por obra de Richelieu y Mazarino, reducido a un papel burocrático, pues las decisiones políticas importantes las toma el rey, solo o con sus ministros, la famosa tríada Le Tellier, Lionne, Colbert, a la que más tarde se asocia Louvois.
     
      2. Los colaboradores. El colbertismo. Colbert es sin discusión el de más envergadura entre los colaboradores íntimos de L. El tesorero modelo, rígido y avaro, que proporciona al rey los medios para su ambiciosa política exterior, para sus placeres y para sus grandes construcciones; pero también el estadista con pensamiento propio -aunque manteniéndose, como todos desde la caída de Fouquet, en una discreta penumbra para la mayor gloria personal del rey- capaz de introducir reformas en las actividades más importantes del Estado. Verdadero ministro del Interior y de la economía nacional, aunque oculto bajo el modesto nombre de intendente o controlador de la hacienda, sus reformas se ejercen en las actividades medulares del Estado: en la planificación económica, en el ordenamiento fiscal, en la organización administrativa.
      Lo económico es su preocupación fundamental: la economía al servicio de la política, enriquecer a Francia para aumentar las rentas del rey. Política económica de orientación fiscal, y no social, por tanto. Como todos los mercantilistas, Colbert ignora la agricultura y mide la riqueza de las naciones por el desarrollo de su comercio, conforme al modelo holandés. Su preocupación es, sobre todo, invertir la estructura del comercio marítimo europeo a comienzos del reinado (unos 20.000 barcos; de ellos 15 ó 16.000 holandeses, 3 ó 4.000 ingleses, y sólo 500 ó 600 franceses), fomentando las construcciones navales, la asociación mercantil en compañías privilegiadas y la guerra de fletes y tarifas. Pero el rasgo fundamental del colbertismo es el montaje de este desarrollo comercial sobre una industria propia, no de intercambio como en el caso holandés. Para ello, Colbert aplica un auténtico dirigismo industrial, minando los privilegios de la antigua industria corporativa artesana, y estimulando, con subvenciones, primas, monopolios, exenciones, la industria capitalista, única capaz de competir en producción y precios con los productos extranjeros. La idea esencial del colbertismo viene a ser el desarrollo de la producción, y no sólo de los intercambios, como base de la riqueza nacional, lo que le confiere originalidad dentro del marco mercantilista (V. MERCANTILISMO).
      El desarrollo económico dirigido por Colbert se vio comprometido, y a la larga frustrado, por el desgaste militar; pero, al menos en los años de paz, Francia gozó de un relativo bienestar económico, se frenaron las importaciones y algunas ramas de la industria francesa (las industrias de lujo de las manufacturas reales) lograron imponerse en el mercado exterior. El esfuerzo económico de Colbert se basaba en la preocupación fiscal, y los beneficios de esta expansión económica fueron en gran parte drenados hacia las arcas estatales por la creación de nuevos impuestos indirectos que gravaban el consumo o los signos externos de fortuna. Pero la preocupación de Colbert no era sólo aumentar los impuestos, sino poner orden en el sistema de recaudación, reduciendo los excesivos costos de la misma, que gravaban al país en beneficio de particulares (colectores y arrendadores de impuestos) y no del Estado, y, asimismo, corregir las arbitrariedades y privilegios en la distribución fiscal. Por medio de los agentes reales, que supervisaban la recaudación, logró corregir algunos abusos e injusticias, y aminorar los gastos de la recaudación. Pero no logró la ansiada igualdad contributiva entre las personas y provincias, ni la sustitución del régimen de arrendamientos, ni la victoria total de los impuestos indirectos, más equitativos por gravar a todos en proporción a su consumo, sobre los impuestos directos, desiguales por la exención de los privilegiados y arbitrarios frecuentemente por la distribución que se hacía en perjuicio de las personas y localidades rurales y más débiles.
      Colbert fue también el principal impulsor de la reorganización administrativa, por medio del establecimiento de intendentes de justicia, policía y finanzas, agentes o comisarios del rey, puestos al lado de los antiguos magistrados y oficiales, propietarios de sus cargos hereditarios, para suplir las deficiencias de éstos, supervisar y mediatizar su actuación, sin desposeerles de sus oficios en propiedad y adquiridos a título oneroso. Sin una función definida, con las atribuciones que en cada caso le confieren sus cartas de comisión, el intendente es en todas partes el ag°nte de la centralización real, que fiscaliza los tribunales de justicia, la administración municipal, el orden público, la recaudación de los impuestos, etc., y que en caso de necesidad las interviene, suspendiendo a las autoridades, funcionarios, oficiales o magistrados.
      Todavía hay que anotar en el haber de Colbert la creación de una poderosa escuadra, que le era imprescindible, no tanto para favorecer los proyectos imperialistas en el continente de L., quien nunca se sintió atraído por el mar, como para proteger la flota mercante francesa.
      Para ello simultaneó la secretaría de Marina, y llevó a cabo un programa intensivo de construcciones y armamento naval: en 1667, la armada francesa contaba ya con 199 unidades, de ellas 116 grandes navíos. Para asegurar tripulaciones estableció la matrícula de mar, que obligaba a las gentes de mar a servir en la escuadra un año de cada tres, o aprovechó la fuerza de remo de esclavos turcos y de los condenados a penas de galeras. Pero la flamante escuadra de Colbert sobrevivió pocos años a su creador, desapareciendo frente a la flota angloholandesa en el desastre naval de La Hougue (1692).
      Los otros grandes colaboradores de L. fueron Michel Le Tellier, el primer organizador del ejército y luego canciller de justicia, y, sobre todo, su hijo, el marqués de Louvois, a quien su padre cedió la secretaría de Guerra (1668) y que más tarde simultaneó otros cargos. El rey le hizo ministro en 1672. Trabajador infatigable, Louvois proporcionó al rey el instrumento para su política de fuerza, de prestigio y de magnificencia: el ejército, que cuadruplicó en 20 años hasta alcanzar la cifra nunca igualada de 280.000 hombres (compárese con los ejércitos del Renacimiento, del orden de los 30.000 hombres, o con el gran plan bélico del conde-duque de Olivares, medio siglo antes, que nunca pudo reunir los soñados 130.000 hombres). Desde la muerte de Colbert (1683), nada pudo contrapesar la influencia agresiva de Louvois sobre el rey, al que estimuló a la política de violencia de la última fase del reinado, causante de la ruina final de Francia (v. FRANCIA V).
      Más discreta fue quizá la influencia de Hugo de Lionne, el hábil discípulo de Mazarino y jefe de la diplomacia de L., apoyada en una pródiga y calculada distribución del oro francés en las cortes extranjeras, y que funcionó con pleno éxito en la primera década del reinado, cuando se trataba de aislar diplomáticamente a España y a Holanda en el comienzo de las primeras guerras, de uncir al carro francés a la Inglaterra de los Estuardos, o de mediatizar la elección imperial de 1658. En esta labor fructificó asimismo la habilidad de los agentes de Lionne en las cortes europeas, los embajadores Grémonville, Courtin, Bonrepos, D’Estrades, Feuquiéres, Rébenac, etc. Los éxitos de Lionne se apoyaron sobre estos expertos diplomáticos, como los de Louvois se cimentaron sobre la brillante estrategia de los Turena, Condé, Catinat, Vendóme, Villars, etc., y en particular sobre las innovaciones en el armamento y fortificaciones del gran ingeniero militar Vauban.
     
      3. El gobierno personal. El absolutismo regio. A medida que envejece, L. concentra más y más el trabajo en su persona, oscureciendo la personalidad de los colaboradores de la última fase del reinado, los Pomponne, Colbert de Croissy, el hermano del gran Colbert, o su hijo Torcy. Cuando desaparece Louvois (1691), sólo rodean al rey personajes sin relieve, Le Pelletier, Beauvilliers, Pontchartrain, Chamillart o Desmaretz. El rey se reserva todas las iniciativas, asumiendo un trabajo inexorable de nueve horas diarias durante un cuarto de siglo todavía.
      Los objetivos de L. en política interior quedan implícitos en lo dicho hasta aquí: recuperar para la corona el gobierno y control de toda Francia, mediatizado por las tradiciones feudales o enajenado en gran parte durante el siglo de la crisis francesa. De ahí la identificación de la grandeza del Estado con el poder del rey: «El bien del Estado es la gloria del rey», dice en sus Memorias; frase más auténtica que la de «El Estado soy yo», pero de igual significado. El absolutismo práctico y funcional de L. encuentra su formulación teórica en la Politique de su dócil prelado Bossuet (v.), preceptor del Delfín y uno de los escritores al servicio de esta glorificación de la realeza: la atitoridad real es sagrada («Todo poder viene de Dios. El trono real no es el trono de un hombre, sino el trono del mismo Dios»), paternal («Los reyes ocupan el lugar de Dios, quien es el verdadero padre del género humano. La obediencia que se les debe aparece en el Decálogo, en el precepto que obliga a honrar padre y madre»), absoluta («El príncipe soberano hace la ley; en consecuencia, está absuelto de la misma») y conforme a la razón. El programa de L. es la reducción sistemática y progresiva al poder real de todos los poderes y fuerzas particulares de índole personal (aristocracia de la sangre), local (privilegios territoriales) o ideológico (pluralismo político y religioso). Programa que no se realiza sin resistencias y dificultades, y cuyo éxito será más aparente y cortesano que real y efectivo fuera de Versalles. Muchas órdenes del rey quedarán en letra muerta, y las antiguas fuerzas de la tradición o la costumbre volverán a levantar cabeza en los momentos de debilidad de la monarquía.
      L. llevó su autoridad también sobre el clero francés, al que mediatizó por la selección personal de su jerarquía entre devotos del rey, sedujo por la defensa de las libertades galicanas frente a Roma, y ligó al trono por un entendimiento básico montado sobre la unidad de la fe y la lucha contra la herejía. L. quiso erigirse así en jefe espiritual y temporal a un tiempo de todos sus súbditos, en un intento de Iglesia galicana (v. GALICANISMO), absolutismo religioso que sólo encuentra correlato adecuado en el cesaropapismo anglicano, de Inglaterra, o en el cesaropapismo protestante del siglo anterior. Este absolutismo religioso repugna tanto la herejía (jansenistas, hugonotes), como la obediencia a Roma (ultramontanos), porque ambas contrarían igualmente la imagen del monarca como único caudillo espiritual de su reino. De ahí que su política contra los jansenistas y protestantes obedezca al mismo planteamiento de su política galicana frente a Roma (Léonard), y toda ella «tendía a convertir la Iglesia en una administración del Estado» (Saint-Léger). En su aspecto práctico, el galicanismo (v.) de L. tendía, sobre todo, a la intervención del rey en los bienes de la Iglesia, la sumisión del clero a la jurisdicción civil, y la extensión del derecho de regalía (v. REGALISMO) a todas las provincias de Francia, esto es, el nombramiento regio de todos los obispos y abades y el disfrute de las rentas de obispados vacantes. En su formulación ideológica, las tesis galicanas se reflejaron en la famosa Declaración de los cuatro artículos, inspirada por Bossuet y aceptada por la Asamblea del clero francés de 1682: la independencia del poder temporal, la superioridad del concilio universal sobre el Papa, la autonomía disciplinar de la Iglesia galicana, y las reservas sobre la infalibilidad pontificia «no irrebatible más que cuando interviene el consentimiento de la propia Iglesia». La energía de Inocencio XI (v.), que detectó los errores de esos artículos y negó la institución canónica a los nuevos obispos designados por el rey, obligó a L. a retirar la declaración de los obispos franceses (1693).
      El afán de unidad ideológica de L. explica su persecución sistemática del jansenismo (v. JANSENIO Y JANSENISMO), hasta que Clemente XI condenó sus tesis por la Bula Unigenitus (1713). Su hostilidad profunda se explica por los síntomas «republicanos» del jansenismo como movimiento «de oposición», por su defensa de la autonomía de la conciencia frente a la obediencia indiscriminada. «Por su individualismo radical, el jansenismo amenazaba con volverse un peligro para la autoridad del Estado tal como la concebía el gran rey» (Taveneaux). No otro es, en el fondo, el planteamiento de la famosa revocación del edicto de Nantes (1685), por la que se privó de existencia legal a la minoría jurídica de un millón de protestantes franceses, suprimiendo la pluralidad políticoreligiosa del Estado francés establecida desde 1598 (v. ENRIQUE IV DE FRANCIA). La política de coacción contra los hugonotes («dragonadas») culminó con el decreto de prohibición, que provocó la emigración clandestina de 200.000 protestantes franceses (V. HUGONOTES). Esta emigración debilitó la economía francesa, benefició la agricultura de algunas tierras de la Europa oriental, como el Brandeburgo del gran elector, y alzó contra L. la hostilidad general de los países protestantes, cuyos resultados se harían pronto visibles en la época de las coaliciones razonadas.
     
      4. Política exterior. En la historia militar y diplomática del reinado de L. pueden distinguirse tres etapas: la de la política de prestigio (1661-67, preludios de magnificencia); la de las guerras localizadas en las fronteras de Francia (1667-84, coaliciones accidentales); y la de las conflagraciones generales (1688-1713, coaliciones razonadas) (L. André). Los objetivos de L. en política exterior, al comienzo (alcanzar los límites naturales de Francia), en el medio (lograr la hegemonía francesa en el continente) y al fin del ,reinado (conseguir la herencia española), tenían asimismo dimensiones y finalidades de orden interior, como la necesidad de la gloria para cimentar el absolutismo personal del monarca, y la descongestión de la aristocracia para emplearla en empresas en el exterior.
      En la primera fase (1661-67), L. practica una política orgullosa, pero prudente, de disputas por la precedencia de sus embajadores sobre los de España, el Papado o el Imperio; de intromisión diplomática en los asuntos del Imperio, adquisiciones de territorios por compra (Dunkerque, expectativa de Lorena), y adquisición o compra de aliados europeos con vistas al futuro.
      En una segunda fase (1667-84), L. pone a prueba su máquina militar y su favorable posición diplomática, acometiendo hasta el fondo la empresa de redondear los límites naturales de Francia, para situarlos en el sistema fluvial Rin-Mosa-Escalda. Los adversarios son España, para apoderarse de Flandes y del Franco-Condado, y Holanda, para apoderarse de su comercio («guerra de tarifas») y de las bocas de los ríos. Ocho años de contiendas, guerra de Devolución y guerra de Holanda, hasta la paz victoriosa de Nimega (1679), seguidos de una serie de pequeñas apropiaciones en plena paz (las «reuniones» de 1680-84), le permitieron alcanzar casi íntegros estos objetivos, salvo la integridad territorial y económica de Holanda. Pero L. no supo detenerse aquí, y su propensión al imperialismo le conducirá a las guerras ruinosas de la segunda mitad del reinado.
      En esta última fase (1688-1713), el imperialismo francés se enfrentará aislado contra la coalición general europea, dirigida por Guillermo III de Inglaterra y por el emperador Leopoldo I. En los nueve años de la guerra de la liga de Augsburgo, Francia obtiene sus más resonantes victorias, pero también pierde su escuadra en el intento de invasión de Inglaterra, y el equilibrio de fuerzas obliga a una solución moderada y temporal (paz de Ryswick, 1697), en la que Francia hace ya sus primeras concesiones, devolviendo algunas de las últimas «reuniones» efectuadas. L. sigue buscando la hegemonía europea, pero en lugar del choque frontal en los campos de batalla, ensayará la vía de la herencia española (v. CARLOS II DE ESPAÑA) para uno de sus nietos (v. FELIPE V DE ESPAÑA). La negativa de las potencias europeas, que defienden la tesis de la repartición del Imperio español, obligará a Francia a otra larga contienda de 12 años contra la coalición general europea (V. SUCESIóN ESPAÑOLA, GUERRA DE). El resultado fue la definitiva liquidación del sueño de la hegemonía francesa, en beneficio ahora de Inglaterra, la única vencedora de este enfrentamiento y supremo esfuerzo de Francia (v. UTRECHT, TRATADO DE).

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