Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Leopoldo I de Austria (1640-1705)

  Leopoldo I

 
Nacionalidad: Austria
Viena 1640 – 1705
Emperador 1658 – 1705

Hijo segundo del emperador Fernando III, sucedió a su padre a los 18 años. Sus primeros pasos fueron la confirmación de la amistad con Polonia frente a Suecia, participando de manera activa en los diversos conflictos europeos, enfrentándose a Turquía y a Luis XIV de Francia. En 1683 consiguió vencer a los turcos ante las puertas de Viena, llegando a la firma de la paz de Carlowitz en 1699 con la que se conseguía el paso de Hungría a la corona austriaca y se la supremacía turca en el oeste europeo. Este frente de lucha impidió que tomará mayor participación en el enfrentamiento con Francia por lo que tuvo que buscar la alianza con Holanda e Inglaterra. Participó en la Guerra de Sucesión Española, falleciendo al poco tiempo de la gran victoria imperial de Hochstaedt.
Hombre prudente y amante de las artes y las letras, se rodeó de artistas y de hombres de gran cultura.

Leopoldo I de Austria (1640-1705)

Segundo hijo de Fernando III y de María de Austria. N. el 9 jun. 1640. Se le destinó, según la costumbre de la época, a la carrera eclesiástica. La muerte de su hermano mayor hizo que recibiera la corona imperial, tras el fallecimiento de su padre, iniciando en 1657 uno de los reinados más dilatados y cruciales de su dinastía. Desde 1655 era rey de Hungría y en 1658 lo fue de Bohemia.
     
      La corona imperial y la lucha contra los turcos. Debido a las pretensiones francesas al trono imperial, explicitadas y defendidas por Mazarino con suma habilidad, L. no fue elegido Emperador hasta 1658. El fraccionamiento y la delicuescencia de Alemania tras la paz de Westfalia (v.) hacían necesario el robustecimiento de los Habsburgo y la expansión de sus dominios por los vectores de la Europa balcánica. Al igual que su padre, L. comprendió la lección de la guerra de los Treinta Años (v.) y sin abandonar por entero las aspiraciones de hacer del Imperio, en el plano político, una realidad efectiva y de disputar a Francia la hegemonía en Occidente, consagró la mayor parte de sus energías y actividad a detener definitivament la marea otomana por el mundo balcánico, apoderánduse de los territorios que Constantinopla había enseñoreado durante más dé cien años. Este desplazamiento del eje de gravedad del Imperio implicaba una germanización de aquellos territorios que, como los húngaros, no se hallaban incluidos en los Estados patrimoniales de los Habsburgo y que, aprovechándose de sus dificultades en la Europa occidental y de los continuos choques y guerras fronterizas, llevaban una existencia casi autónoma e independiente del poder imperial.
     
      El enfrentamiento inevitable con la nobleza magiar se vio aplazado, en los comienzos del reinado de L., por la imprevista reanudación del duelo contra Turquía, a consecuencia de la potencialización de la Sublime Puerta por los primeros Koprulu, que deseaban encontrar en una decidida, política expansionista y antiaustriaca el máximo exponente del rejuvenecimiento turco. Con el auxilio de un cuerpo poco numeroso, pero muy adiestrado y aguerrido, del ejército francés, las fuerzas imperiales, dirigidas por el general Montecuccoli, veterano de la guerra de los Treinta Años, consiguieron detener la fulgurante ofensiva otomana en la victoria alcanzada a orillas del río Raab, junto al monasterio de S. Gotardo (1664). Sin embargo, las tropas imperiales no se aprovecharon de tal éxito, debido a que L. deseaba consolidar sus posiciones en Hungría, antes de lanzarse a una definitiva campaña contra los turcos. Tras haber firmado una tregua con Constantinopla, en la que ésta garantizaba su neutralidad ante el inminente conflicto, y sirviéndose de las dificultades de Luis XIV, enfrascado en la guerra de Devolución, L. decidió acabar con los privilegios e independencia de la aristocracia húngara, que inmediatamente se alzó en armas contra el Emperador. La represión desatada por éste, que llegó a abarcar el plano religioso (los magnates húngaros eran en gran parte calvinistas), y la ejecución de sus principales dirigentes, sólo significó una solución provisional al conflicto, que volvió a encenderse con la última ofensiva lanzada por la Sublime Puerta contra el Imperio.
     
      El cenit del reinado: Carlowitz. Con la colaboración de numerosas quintas columnas, las armas otomanas se abrieron paso hasta Viena, sitiándola. Sólo la conjunción con las tropas imperiales de las fuerzas polacas al mando de su rey, Juan Sobieski, que había acudido a la llamada de socorro lanzada por el Papa en favor de la cristiandad, impidió la caída de la capital en manos de los turcos, que, vencidos en una batalla campal ante sus muros (septiembre 1683), se batieron en retirada, perseguidos por las tropas imperiales. Aunados sus esfuerzos con los de
      Polonia, Venecia y, más tarde, Rusia, por la formación de la Liga Santa (1684) a instancias de Inocencio XI, la victoria se inclinó a favor de las fuerzas de Leopoldo I, que, tras haber reconquistado Hungría, obligaron a Constantinopla, una vez destrozados sus ejércitos en Zentha (11 sept. 1697), a negociar la paz de Carlowitz (v.; 26 en. 1699), que señaló la hora cenital del prestigio y poder europeos de Leopoldo I. Poco antes de la firma de este tratado, había conseguido en la Dieta de Presburgo (1687) reducir a la nobleza húngara, que aceptó la vinculación, a título hereditario, de la corona de San Esteban a los Habsburgo sin previa elección, al mismo tiempo que renunciaba al derecho de rebeldía, ius resistendi, otorgado por la Bula de Oro de 1356.
     
      El enfrentamiento con Francia y la sucesión española. Profundamente creyente, L. secundó y apoyó entusiásticamente los intentos irenistas preconizados, en el último tercio del s. XVII, por el pontífice Inocencio XI y por algunas grandes figuras protestantes; como Leibniz. Merced al apoyo de L., el capuchino español Spínola desplegó una intensa actividad para lograr la reconciliación entre los cristianos del ámbito imperial. Sin embargo, pese a esta vivencia de la unidad católica que ocupaba un primer plano de sus preocupaciones y meta como gobernante, L. se opuso a las pretensiones hegemónicas de Luis XIV (v.), en un duelo que duró, con escasos paréntesis, todo su largo reinado. La sucesión al trono español fue el elemento fundamental de este enfrentamiento. No obstante, cuando la cuestión se planteó a raíz de la muerte de Felipe IV, ambos monarcas, hijos y esposos de infantas españolas (L. se había casado en 1667 con Margarita Teresa, hija de Felipe IV), llegaron (1668) a un acuerdo por el cual, una vez vacante el trono hispánico, el Emperador se aseguraba el territorio peninsular (salvo Navarra y Rosas), América, el ducado de Milán, los presidios toscanos y el marquesado de Finale. La posterior evolución de los acontecimientos europeos hizo que aquel fugaz entendimiento francoimperial diese paso a una persistente hostilidad, nacida particularmente de la política de reuniones practicada por Luis XIV, que arrebató a L. zonas sometidas hasta entonces a su soberanía o, en la mayor parte de los casos, a la influencia de la corona imperial. Tras la muerte del infante bávaro, Fernando José, L. redobló sus esfuerzos por conseguir que Carlos II de España (v.) le designase a él o un miembro de su familia como sucesor, contando para alcanzar tal objetivo con un poderoso, aunque inhábil, apoyo en la corte española en la persona de la segunda esposa del monarca.
      Frustrados sus propósitos por la designación del candidato francés, L. se alió con las potencias marítimas al declarar éstas abiertas sus hostilidades contra Luis XIV y su nieto, reconociendo Inglaterra y Holanda a su hijo el archiduque Carlos como rey de España (v. SUCESIóN ESPAÑOLA, GUERRA DE). La participación en el conflicto de sucesión hispánica condujo a L. a un enfrentamiento con Clemente XI, partidario, en los comienzos de su pontificado, de Felipe V. La violación de la neutralidad de los Estados Pontificios por las tropas de Eugenio de Saboya estuvo a punto de provocar la excomunión de Leopoldo I, que lamentó profundamente la desafección mostrada por el Papado hacia su causa. Los últimos días de un reinado que había puesto las bases de la nacionalidad austriaca como entidad propia dentro del ámbito imperial, y durante el cual algunas de las manifestaciones más características del genio del país encontraron su máxima formulación en las creaciones del arte barroco del que L. fue un fervoroso propagador y mecenas, estuvieron ensombrecidos por la reanudación de la guerra civil en Hungría
      (1703). Los éxitos de sus tropas en Italia y de las armas aliadas en Blenheim (agosto 1704), que evidenciaban la solidez de la máquina bélica creada y organizada durante su reinado, fueron, sin embargo, importantes compensaciones para el anciano Emperador, que m. el 5 mayo 1705. En el testamento político dejado a su hijo y sucesor José I, le exhortaba a continuar las directrices seguidas por él y sus antecesores para lograr la creación de una conciencia nacional en unos territorios cuya única nota común estribaba en su diversidad y heterogeneidad.
 

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