Siglo de Hierro
El final de un Imperio

BIOGAFÍA DE CARLOS II

 EL HECHIZADO

REINADO DE CARLOS II 1675-1700

El 6 de noviembre de 1675, Carlos cumplía 14 años, alcanzando la mayoría prevista de edad, días antes su madre le presentó un proyecto por el que se prolongaba su regencia durante dos años más; pero Carlos se negó a firmarlo. Ante esta negativa, la reina madre intervino para el nombramiento de Valenzuela como primer ministro.

Esta medida provocó el descontento de don Juan José de Austria, que, con un ejército y apoyado por la corona de Aragón, marchó sobre Madrid; Valenzuela se vio obligado a huir y esconderse en El Escorial, siendo desterrado posteriormente a las islas Filipinas.

El gobierno de don Juan José de Austria duró tres años, hasta su muerte.

Aunque todos los vaticinios aseguraban un rápido fallecimiento del raquítico Carlos II, lo cierto es que tuvo un reinado bastante largo: hasta la edad de casi 39 años.

De su primer matrimonio, con María Luisa de Orleans, no tuvo descendiente.

Casó de nueva con Mariana de Neoburgo y tampoco consiguió sucesor, lo que provocará una problemática considerable, al quedar vacante el trono de la Corona Hispana, ante la cual todos los países europeos intentarán establecer sus derechos a esta sucesión, no ya tanto por ser España una pieza apetecible en el reparto de poder continental; sino por neutralizar sus posibilidades de volver a ser otra vez, tras una posible recuperación, la principal fuerza continental como ya había sido en tiempos pasados.

La sucesión a este rey, empeñado en no ser un jugete de las potencias europeas, que habían conseguido arrebatar a España el liderazgo, traerá la alternativa de un cambio dinástico materializado en la francesa casa de Borbón que, aun planteado y preparado por el propio monarca, no estará exento de problemas y desembocará en una guerra: La Guerra de Sucesión

Carlos II, fue rey entre los años 1665 y 1700. Perteneció a la dinastía de los Habsburgo, de la que fue el último eslabón antes de los borbones. En la época que reinó España estaba en decadencia. Tuvo dos esposas, pero debido a sus enfermedades no tuvo hijos. Su carácter débil le hizo depender, en exceso, de las opiniones o caprichos de su madre y esposas. El vulnerable Carlos II, a quien la Historia tildó con el apodo de “Carlos el hechizado”. 

Rey de España, último de la Casa de Habsburgo (Madrid, 1661-1700). Hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, heredó el Trono al morir su padre en 1665, permaneciendo bajo la regencia de su madre hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675.

Parece ser que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia real produjeron tal degeneración que Carlos creció raquítico, enfermizo y de corta inteligencia, además de impotente, lo que acarreó un grave conflicto sucesorio, al morir sin descendencia y extinguirse así la rama española de la Casa.

Carlos recibió el Trono en una situación turbulenta, marcada por las luchas por el poder entre doña Mariana, Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV), Valenzuela y Nithard. Apoyándose en la nobleza, don Juan José marchó sobre Madrid y tomó el poder en 1677, pero murió tan sólo dos años después.

Como Carlos era incapaz de gobernar por sí mismo, siguió confiando el poder a validos como el duque de Medinaceli (1680-85), el conde de Oropesa (1685-91 y 1695-99) y el cardenal Fernández de Portocarrero (1699-1700).

Durante este tiempo se arreglaron dos matrimonios sucesivos para el rey, con María Luisa de Orléans (muerta en 1689) y con Mariana de Neoburgo; la desesperación de la corte por no lograr descendencia para continuar la dinastía, llevó a intentar incluso someter al rey a exorcismos, por si fuera cierto que estaba hechizado.

Al verse cada vez más claro que el rey moriría sin descendencia, las potencias europeas empezaron a tomar posiciones para aprovechar el vacío de poder que ello crearía: Austria defendía los derechos sucesorios del archiduque Carlos (el futuro emperador Carlos VI) para intentar recuperar la herencia de los Habsburgo y evitar cualquier tentación hegemónica de Francia. Pero Luis XIV de Francia maniobró hábilmente para impedir la reedición del imperio de Carlos I y convertir a España en un territorio satélite; por la Paz de Ryswick, de 1697, hizo a España concesiones que, con el apoyo de influyentes personajes de la corte madrileña, moverían a Carlos a designar heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV (dos testamentos anteriores en favor de José Fernando de Baviera quedaron sin efecto al morir aquél en 1699).

Tras la muerte de Carlos se produjo una larga Guerra de Sucesión (1701-14) que enfrentó a los partidarios del archiduque (apoyado por Austria, Inglaterra, Portugal, Holanda, Prusia, Saboya y Hannover) contra los de Felipe de Anjou que, apoyado por Francia, consiguió imponerse como rey de España bajo el nombre de Felipe V, instaurando en el Trono español una rama de la Casa de Borbón.

Carlos II Rey de España 1665-1700

Nació el 6 de noviembre de 1661. Hijo de Felipe IV y Mariana de Austria. Débil y enfermizo, poco dotado física y mentalmente. Padeció raquitismo infantil, como queda constancia en su abultada cabeza y en que no pudiera caminar con normalidad hasta los 10 años, a pesar de que el heredero del Felipe IV tuvo una lactancia que duró casi cuatro años y contó con 28 nodrizas. Su formación y cultura fueron escasas.

Contrajo matrimonio en dos ocasiones, con María Luisa de Orleans (1679) y Mariana de Neoburgo (1689), sin tener descendencia. La primera de sus esposas, seguía siendo virgen al año de matrimonio. La reina confesó a su camarera que el rey padecía de "eyaculación precoz que impedía consumar el matrimonio". La esterilidad que padecía no se debía al hechizamiento, sino a una enfermedad genital. "La causa de la esterilidad radicaba en un hipogenitalismo, ya que el rey tenía un solo testículo y era atrófico".

La historia de su hechizamiento empieza aquí. "Un astrólogo de Bohemia le dijo al monarca que la causa de la esterilidad radicaba en que no se había despedido de su padre en el lecho de muerte, por lo que Carlos II se dirigió al monasterio de El Escorial, mandó sacar la momia de Felipe IV y durante unos minutos estuvo contemplándolo".

Llegó al trono cuando aún no había cumplido los cuatro años, por lo que, de acuerdo con el testamento de Felipe IV, su madre, Mariana de Austria, ejerció la regencia, asesorada por una Junta de Gobierno. En este periodo sucedieron luchas entre la reina y sus favoritos (Juan Everardo Nithard y Fernando de Valenzuela) y la oposición política, encabezada por el hermanastro del rey, don Juan José de Austria.

En el año 1676, Carlos nombró primer ministro y grande de España a Valenzuela, lo que provocó el golpe de Estado de don Juan José, quien apartó a la reina madre y gobernó como primer ministro durante algo más de dos años (1677-1679) le siguieron el duque de Medinaceli (1680-1685) y el conde de Oropesa (1685-1691).

 La Monarquía participó en cuatro guerras determinadas por el expansionismo de Luis XIV.

Sus frecuentes enfermedades y la falta de sucesión provocaron negociaciones entre los príncipes europeos para el reparto de los territorios del reino. Aunque el testamento de Carlos II declaró heredero al duque de Anjou, futuro Felipe V.

Recelosos de la defensa de los fueros frente a la centralización, y aún escocidos por los asedios franceses de Alicante (1691) y Barcelona (1697), los territorios de la antigua Corona de Aragón se inclinaron por el pretendiente austriaco.

Carlos II El Hechizado

1761-1700

Cuando Felipe IV murió en 1665, su hijo y heredero, Carlos II, apenas tenía cuatro años. Su constitución débil y enfermiza le habían permitido a duras penas sobrevivir a su padre, y eran pocos los que presagiaban que pudiera vivir más de unos meses, por lo que las potencias europeas del momento, comenzaron a posicionarse para colocar a sus candidatos al trono en la mejor posición posible.

Para sorpresa de todos, los extremos cuidados de su madre le permitieron alcanzar la adolescencia y, aún más, anunciar que buscaba esposa. A pesar de este alarde, el panorama no era muy halagüeño: a su debilidad física, se le unían una escasa inteligencia -que rayaba la estupidez- y la falta de preparación intelectual. La reina bastante había tenido con que el pequeño monarca fuera sobreviviendo, para ocuparse también de su formación, de ahí que a los nueve años, y tras cinco en el trono, Carlos no supiera ni leer ni escribir.

La elegida como esposa fue la princesa francesa María Luisa de Orléans, sobrina de Luis XIV. Las nupcias se celebraron en Fontainebleau en agosto de 1679, ambos tenían 17 años y, al parecer, el rey se había enamorado locamente de su prometida nada más ver su retrato.

Lo cierto es que a pesar de su amor y de su apasionado carácter, un año después de su boda la reina seguía tan virgen como el primer día. Nadie se atrevía a hablarle al rey de su incapacidad, por lo que para todos fue más fácil culpar a Mª Luisa de esterilidad. La pobre reina, en su deseo de agradar, se sometió a todo tipo de tratamientos y bebió todos los brebajes que la prepararon, lo que fue minando poco a poco su salud hasta que falleció, tras una larga agonía, a los 27 años, probablemente envenenada.

Cuando conoció la muerte de su esposa, Carlos II corrió gritando por todo el palacio; pero, pocos días después, el Consejo de Estado le instaba a buscar una nueva esposa, ¡había que conseguir el ansiado heredero! . Esta vez la elegida fue la princesa Mariana de Neoburgo. Las mujeres de la familia Neoburgo tenían fama de ser muy prolíficas.

Pero, con la excepción del rey, todos, tanto en la corte española como en las europeas, sabían que sería prácticamente imposible que engendrara un hijo. Era nuevamente el momento de tomar posiciones para garantizarse el futuro. Todos los miembros de la corte y el gobierno, incluidas las dos reinas –la consorte y la madre-, intrigaban y conspiraban, ya fuera en favor o en contra de alguno de los futuros candidatos al trono, es decir Felipe de Francia, Duque de Anjou, nieto de Luis XIV y María Teresa, la hermana mayor de Carlos II y el Archiduque Carlos de Austria, nieto del emperador Fernando III y la infanta María, tía carnal del monarca español.

Para complicarlo todo más, la nueva reina, consciente de su situación y con intención de controlar la voluntad del monarca, se dedicaba a anunciar falsos embarazos, que la permitían disfrutar de una posición más fuerte en la corte.

El Fin de una Dinastía

El 11 de octubre de 1700 Carlos II, con la salud ya muy quebrantada y a instancias del cardenal Portocarrero, nombró sucesor al pretendiente francés, con la prohibición de que las coronas de Francia y España llegaran a unirse. Tres semanas más tarde, el 1 de noviembre, moría el último, y probablemente el más desgraciado, de los Austrias españoles, a cuatro días de cumplir los cuarenta años.

De esta manera Carlos II se ganó el sobrenombre de "El Hechizado", lo que a lo mejor no estaba mal del todo, ya que repasando su vida se le podrían haber asignado nombres mucho menos benévolos, y España se vio sumergida en una nueva guerra fratricida, la llamada Guerra de la Secesión, que finalmente dio el trono a los Borbones.

Después de 44 años de reinado, 42 de amoríos y revolcones, unos 50 hijos y centenares de amantes (no faltaron duquesas, marquesas, cómicas, damas de honor, prostitutas y decenas de sirvientas), Felipe IV abandonó este mundo la última semana del verano de 1665. Tanta rijosidad y tanta actividad venérea sólo le habían procurado un heredero, que, para más inri, tenía sólo cuatro años y era una criatura raquítica y repelente que acababa de echar los dientes y aún no se había destetado.

Para evitar la mala imagen de coronar como rey de España a un mamoncete de cuatro años los médicos decidieron suspender la lactancia, que llevaban a cabo catorce sufridas nodrizas. Le prescribieron papillas y, como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones parar sostenerle mientras recibía a los embajadores extranjeros. Aquel día, el de su presentación en público como titular de la monarquía más poderosa del planeta, marcaría el principio de un larguísimo calvario que duraría 35 años.

Se ha dicho mil veces que Carlos II fue el monstruoso producto final de la consaguinidad de los Austrias, que se pasaron dos siglos casándose entre ellos y trayendo al mundo una progenie de príncipes cada vez más deficientes, cada vez más tarados. Nada más cierto. Su madre era la sobrina carnal de su padre y, escalando en el árbol genealógico, encontramos que tenía doce veces el apellido Habsburgo. Un ejemplar genéticamente puro y totalmente idiota.

Aprendió a andar a los seis años, a hablar a los diez, hasta los doce no supo leer y no se vio capaz de escribir –aunque fuese solo su firma: "Yo, el Rey"– hasta los quince años. Físicamente echaba para atrás. "Asusta de feo", apuntó un embajador en una carta a su soberano. Enclenque y encanijado, de piel macilenta, ojos huidizos y nariz ganchuda que casi tocaba el labio. Heredó el prognatismo y el belfo caído de la familia. Ambos los multiplicó por dos. Nunca pudo masticar en condiciones, lo que, unido a sus delicadas digestiones, le condenaron a padecer vómitos continuos y una diarrea crónica.

Su drama personal fue, además, parejo al de la corona que le había caído en suerte. La recibió de capa caída, y a su muerte se desencadenó una larga guerra de sucesión que liquidaría por siempre las posesiones de la familia en Europa.

Cuando fue proclamado mayor de edad, el país estaba sumido en el desgobierno más absoluto. Oficialmente reinaba su madre, Mariana de Habsburgo, pero en la práctica lo hacía un valido, Fernando de Valenzuela, el Duende de Palacio, de quien el pueblo sospechaba que se entendía con la reina viuda. Curioso recelo, porque la reina era una beata a quien tenía sorbido el seso su confesor, un jesuita alemán muy liante llamado Nithard. Frente a ellos, Juan José de Austria, un hijo bastardo de Felipe IV –bastante canalla, por cierto–, trataba de hacerse con el poder mediante la fuerza de las armas.

Este Juan José de Austria, años antes, con intención de heredar, había tenido la feliz ocurrencia de pedirle a su padre la mano de su hermana, la princesa Margarita. Lo hizo mostrándole un cuadrito en el que Saturno contemplaba risueño los amores entre Júpiter y Juno. La felonía repugnó tanto a Felipe IV que ordenó que Juan José no volviese a poner sus pies en Madrid.

En plena guerra con Francia, que había saltado sobre Cataluña como un ave de rapiña, distrajo tropas y las trasladó a Madrid. La guerra se perdió, y con ella la esperanza de recuperar el Rosellón, pero Juan José consiguió la privanza. Desterró a la reina madre y al padre Nithard, de quien se decía que se había hecho muy rico en sus intrigas palaciegas. Habladurías. Cuando registraron sus aposentos del Alcázar para dar con las pruebas del delito todo lo que encontraron fue un misal, unas disciplinas de púas de hierro y un cilicio con restos de sangre. Todo un santo varón. Valenzuela, que sí que había reunido un generoso patrimonio al calorcito del poder, fue deportado a Filipinas con una mano delante y otra detrás.

 

Al bastardo le duró poco la gloria: tras firmar la paz de Nimega con Luis XIV, una rápida enfermedad se lo llevó al otro barrio.

El rey, que era, aparte de enfermizo, completamente analfabeto, dejó a su madre hacer. El nuevo valido, un duque incompetente que, a juicio del embajador francés, había pasado toda su vida en Madrid "en el ocio más completo, dedicado casi exclusivamente a comer y dormir", no pudo más que contemplar impávido cómo el reino colapsaba.

La inflación se disparó y las menguadas flotas de Indias no daban ya ni para atender los gastos ordinarios de la Corte. En Palacio había noches que en la despensa sólo quedaban huevos para cenar, y en 1680 los reyes no lograron reunir dinero suficiente para desplazar la Corte a Aranjuez a pasar la primavera. Lo nunca visto.

Habida cuenta de la estupidez de un monarca completamente incapaz de gobernar, la única salida que sus consejeros veían a tan embarazosa situación era encontrar una consorte que le diese descendencia. Para suavizar las relaciones con Luis XIV, le trajeron una princesa joven y atractiva, Maria Luisa de Orleáns, sobrina del Rey Sol. Pero no había manera: la reina no conseguía quedarse en cinta. Por Madrid circulaba una tonadilla popular que decía:

A pesar de ser extraña

sabed, bella flor de lis:

si parís, parís a España.

Si no parís, a París.

Y no parió. No hubo, a pesar de todo, que enviarla de vuelta a París, porque una apendicitis se la llevó a la tumba cuando sólo tenía 27 años. Los galenos abrieron el cadáver para ver si el útero estaba en condiciones. Lo estaba. Iba a ser problema del rey eso de no tener hijos. Deberían haberlo sospechado sólo con mirarle a la cara.

Inasequibles al desaliento, los miembros del Consejo de Estado se aplicaron en buscar una sustituta. Poco importaba ya la edad, el aspecto o el carácter de la candidata, ni siquiera era relevante que la familia reinase o no. Lo único que interesaba en Madrid es que la futura reina fuese de familia fecunda. Tras las habituales pesquisas dieron con Mariana de Neoburgo, hija de los electores de Sajonia, unos pelagatos que, sin embargo, habían tenido 24 hijos. Toda una garantía de fertilidad, exactamente lo que andaban buscando.

 

A diferencia de Maria Luisa, una francesa de buen fondo que pasó sus días en un sin vivir, sometida a las más peregrinas y extravagantes dietas para provocar un embarazo que nunca llegaba, la Neoburgo era una alemana de armas tomar. Según llegó a España y vio de cerca al apático imbécil con el que le habían casado, le cogió gustillo al poder. No era tonta: sabía que su misión era traer un heredero, y como no lo lograba se dedicó a inventarse falsas preñeces que terminaban, invariablemente, en falsos abortos.

Las ganas de mandar la enfrentaron con la reina madre en un sinnúmero de disputas, a grito limpio y en alemán. La anciana viuda de Felipe IV ya poco podía hacer. Su hijo no tenía solución y el país iba de mal en peor. La Hacienda estaba arruinada y los franceses no dejaban de hostigar las fronteras de lo que quedaba del imperio, astillando el otrora robusto árbol español en humillantes derrotas.

En 1691, con la caída en desgracia del enésimo valido, el Conde de Oropesa, la situación era tan desesperante que el rey no encontró entre la nobleza un solo candidato para sustituirle. Ya nadie deseaba gobernar una nave que se iba a pique. Un caso insólito pero perfectamente explicable: en España ya no quedaba dinero ni para robar.

Y la reina, entretanto, abortaba mucho pero no paría; y para colmo era antipática, mandona y pelirroja, defecto este último muy sentido por el pueblo llano, que estaba convencido de que Judas, el traidor, tuvo el pelo tan rojo como el mobiliario del infierno. El siempre maledicente mentidero de la Corte inventó una afortunada copla que se hizo muy célebre:

Tres vírgenes hay en Madrid:

la Almudena, la de Atocha,

y la Reina Nuestra Señora.

En Viena, Londres y, naturalmente, París, advertidos de la imposibilidad de que Mariana alumbrase un heredero, empezaron a frotarse las manos para repartirse los restos del naufragio. Los Habsburgo austriacos querían que la Corona española permaneciese en la familia. Los Borbones, por su parte, ansiaban sucederlos. Tenían, además, una razón de peso: Luis XIV se había casado con una infanta española, la hermana de Carlos II, luego algo les tocaría en el reparto. A los ingleses, mucho más sensatos, lo que les preocupaba era que España y su inmenso imperio ultramarino, que abarcaba medio mundo, cayese en manos de los anteriores.

España estaba en ruinas, especialmente Castilla, que había pagado con creces la factura de la fantasía imperial de los Habsburgo. El país se había desangrado al ritmo de las inacabables guerras, las epidemias y la obsesión nacional por vivir del cuento. Todo salió carísimo. En dos siglos España había acumulado un retraso que, todavía hoy, estamos amortizando.

En un tiempo en que Newton formulaba su teoría de la gravedad, Leibniz inventaba el cálculo integral o Huygens escudriñaba el firmamento con su telescopio buscando las lunas de Saturno, España se replegó sobre sí misma, recreándose en su ignorancia, presa de supercherías religiosas y de la aberración de los estatutos de pureza de sangre, una tara que consumió preciosos recursos y costó un siglo arrancar de la conciencia del pueblo.

El Día de Difuntos de 1700, a las tres de la tarde, el último Austria pasó a mejor vida, y con él la dinastía. Habían pasado 200 años, ocho meses y nueve días desde que Carlos I, el primer Habsburgo español, naciese en la lejana Gante e inaugurase una de las etapas más controvertidas de nuestra historia.

Por simple curiosidad, el médico real practicó una necropsia al difunto monarca para ver por dentro lo que ya intuía desde fuera. En su informe anotó, con deslenguada pluma barroca:

"El corazón del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenosos, en el riñón tres grandes cálculos, un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua".

A tal rey, tal reino.

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