Siglo de Hierro
El final de un Imperio

El origen de la Gran Bretaña

 Los inicios del siglo XVII contemplaron en Inglaterra un cambio de dinastía. A la muerte de Isabel quedó proclamado como rey Jacobo I Estuardo (1603-1625), hijo de la que fuera controvertida reina de Escocia, Maria Estuardo, ajusticiada en suelo inglés con el beneplácito de Isabel, suceso que no impidió el acceso al trono de Inglaterra de su descendiente, que por entonces también poseía la Corona escocesa como Jacobo VI. El nuevo monarca aglutinaba así en su persona a las dos entidades territoriales, tan diferentes y frecuentemente enfrentadas entre sí, que a partir de estos momentos permanecerían teóricamente unidas aunque manteniendo cada una de ellas sus peculiaridades y plena autonomía, lo que supondría una nueva fuente de conflictos para las aspiraciones centralistas y unificadoras de la Monarquía.
Jacobo I nunca fue un rey popular ni indiscutido, a pesar de que tanto él como luego su sucesor fueran bien recibidos en un principio. Sus rasgos personales, sus planteamientos ideológicos y sus actitudes grandilocuentes provocaron múltiples reacciones en su contra, dando lugar a un clima de tensión interna que fue fraguando los elementos revolucionarios que estallarían de forma violenta en el siguiente reinado. Motivaciones políticas, fiscales y religiosas serían principalmente las causantes de las fuertes oposiciones que pronto empezaron a surgir contra su figura, que se vieron aumentadas por las torpes decisiones de gobierno que el monarca puso en ejecución, contrarias muchas de ellas a las tradiciones inglesas y a lo que hasta entonces había sido práctica común de la anterior Monarquía de los Tudor.
Educado en el protestantismo y teniendo la referencia católica de su progenitora, no obstante se volcó en la potenciación de la organización episcopal de la Iglesia anglicana, pues la estructura jerárquica de ésta le pareció la más idónea para fortalecer el absolutismo monárquico de que era partidario. De esta manera, los católicos vieron frustradas las ilusiones que habían depositado en la llegada del rey Estuardo; los puritanos, que rechazaban el episcopalismo y que se mostraban más próximos a las formulaciones presbiterianas, siguieron manteniendo sus críticas al autoritarismo de los obispos y al poder que los utilizaba en su propio beneficio; los defensores del parlamentarismo vieron con temor la decidida inclinación real al más puro absolutismo y a la práctica de gobernar al margen de la institución representativa, apoyándose en un restringido círculo de favoritos y recurriendo a una serie de arbitrios extraordinarios sin contar con la debida autorización del Parlamento, lo que suponía un fuerte revés al derecho de control fiscal que éste tenía como una de sus prerrogativas esenciales.
La política exterior que llevó a cabo tampoco le granjeó la simpatía popular ni la confianza de los grupos burgueses reformados. No quiso participar en la alianza contra la Casa de los Austrias y realizó un claro acercamiento a España, pretendiendo el casamiento, que estuvo a punto de celebrarse, del heredero inglés, Carlos, con la infanta María, hermana de Felipe IV; fracasado este intento no dudó en concertar un nuevo compromiso, que sí se efectuaría, entre su hijo Carlos y otra princesa católica, en este caso Enriqueta de Francia, hija de Enrique IV, aumentando así el malestar de muchos ingleses que no aceptaban este cambio en las relaciones exteriores que suponía la alianza con los católicos.
La primera manifestación clara y rotunda de la animosidad contra el monarca fue la llamada Conspiración de la pólvora en 1605, cuando un grupo de exaltados católicos planearon volar el Parlamento con el rey en su interior. Abortado el complot, la reacción regia fue la de exigir a los católicos un juramento por el que tenían que rechazar la intromisión del Pontífice de Roma en los asuntos internos del Reino, negándole sobre todo la posibilidad de deponer a los reyes y la de eliminar la obligación de los súbditos de mostrar obediencia a su soberano. Respecto a los puritanos Jacobo I continuó la persecución contra ellos, dado que por el rechazo que tenían hacia la jerarquía eclesiástica y por sus tendencias democráticas y republicanas constituían un manifiesto peligro para los afanes absolutistas tan queridos por el monarca. Numerosos puritanos se vieron obligados a huir, marchándose hacia las lejanas tierras de América del Norte, en donde se establecieron con la esperanza de formar comunidades organizadas según sus presupuestos político-religiosos.
La oposición de los parlamentarios se mostró también muy palpable ante las maneras de gobierno que se estaban dando, concretadas en la excesiva influencia de los favoritos del monarca, cuya evidencia más destacada era la figura del recién nombrado duque de Buckingham; en las prácticas abusivas de los altos funcionarios y consejeros regios, y en la malversación de los fondos públicos realizada por éstos. Cuantas veces fue convocado, el Parlamento dio repetidas muestras del descontento imperante, lo que llevaba invariablemente a su disolución una y otra vez. Así las cosas, aunque no ocurrieron sucesos trascendentales para los destinos de la Monarquía durante el reinado de Jacobo I, quedaron echadas las bases sobre las que se asentarían los graves acontecimientos que se iban a producir en el de su sucesor, tanto más cuanto que la actuación de éste no haría sino profundizar las grandes divergencias que se habían creado entre el rey y el Reino.
Carlos I (1625-1649) subió al trono en un ambiente favorable a su persona, aunque muy pronto los problemas de fondo (políticos, fiscales, religiosos) que se hallaban presentes desde años atrás comenzaron a minar el prestigio de la Monarquía. Partidario del mantenimiento de la organización anglicana de la Iglesia oficial, continuó prestándole un decidido apoyo a la vez que no admitió la exaltación del catolicismo, a pesar de que contrajo matrimonio con la princesa católica Enriqueta de Francia, y rechazaba las pretensiones antijerárquicas de los presbiterianos y de los grupos independientes del puritanismo.
El encargado de llevar a cabo la política religiosa deseada por la Corona fue Laud, arzobispo de Canterbury, auténtico hombre fuerte en materia eclesiástica, que actuó de forma decidida y dura para imponer a todos el sometimiento a la autoridad espiritual del monarca y a la de los obispos que sostenían la estructura absolutista deseada por los Estuardos. La medida que más consecuencias importantes iba a traer fue la de querer introducir en Escocia el "Prayer Book", el libro de oraciones inglés, decisión a la que los presbiterianos escoceses se opusieron enérgicamente hasta el punto de expulsar a los delegados anglicanos que fueron hasta allí, llegando a formar una liga (covenant) con el objetivo fundamental de defender su credo religioso. El inicio de las hostilidades estaba servido, como se puso de manifiesto en la lucha que a continuación se originó, a la que Carlos I tuvo que poner fin aceptando la paz de Berwick (1639) sin haber logrado sus pretensiones de uniformidad religiosa. Pero el rey no cesó en su empeño y quiso continuar adelante con su política pro-anglicana, convocando para ello al Parlamento con la esperanza de que le fueran otorgados los recursos necesarios para lanzar la guerra contra los rebeldes escoceses. Sus deseos no se vieron cumplidos y ante la negativa recibida disolvió rápidamente el Parlamento (1640).
El enfrentamiento entre el monarca y el Parlamento no había dejado de existir desde los inicios del reinado. El que se reunió en 1625, tras aprobar una ayuda para hacer frente a los gastos de la guerra contra España, producto de la presión anti-católica de nuevo imperante, fue pronto disuelto al presentar los diputados una serie de quejas por las arbitrariedades de la Corona. Al año siguiente ocurrió algo parecido ante las críticas de los parlamentarios hacia la figura del favorito real Buckingham, situación que se volvería a repetir en 1629, esta vez con mayores consecuencias pues, teniendo en cuenta las continuas dificultades que se le presentaban cada vez que convocaba al Parlamento, el rey decidió prescindir en la medida de lo posible de la Asamblea pasando a gobernar sin su colaboración durante una década aproximadamente, hasta que finalmente no tuvo más remedio que volver a reunirlo con el objetivo de buscar el auxilio ya mencionado para combatir a los presbiterianos escoceses, formándose así el llamado Parlamento corto de 1640, que de inmediato sería disuelto. Por entonces, desde hacía ya algunos años, la pieza clave en la maquinaria gubernativa era el conde de Strafford, ejecutor de la política absolutista de la Monarquía, quien fue el encargado de lanzar el ataque contra los sublevados de Escocia, decisión que se adoptó a pesar del rechazo del Parlamento y que iba a desencadenar toda la serie de acontecimientos que a la postre tan graves serían para la Corona.
El ejército real cosechó un rotundo fracaso contra los sublevados de Escocia, teniendo que retirarse. Los escoceses por su parte lanzaron un ataque, provocando la urgente necesidad para la Corona de convocar al Parlamento inglés en demanda de ayuda. Se formó así el denominado Parlamento largo (1640-1653), elemento clave en el proceso revolucionario que se abría. Dominado por los presbiterianos, se opuso a la jerarquía episcopal, por un lado, mientras que, además, por otro, lanzaba fuertes acusaciones contra los favoritos del rey, principalmente contra Strafford, quien fue condenado y ejecutado (1641), suerte que poco tiempo después le tocaría padecer a Laud.
Al mismo tiempo que ocurrían estos acontecimientos, en Irlanda estalló otra gran revuelta: fue la reacción airada de la población católica desposeída de su territorio, que ocasionó la matanza de miles de colonos protestantes que se habían asentado en el Ulster. Este grave suceso crispó todavía más los ánimos por entonces ya muy exaltados de los ingleses contra los católicos, derivando en animosidad hacia la figura del rey al que hacían responsable indirecto de los hechos por su aceptación de los círculos católicos cortesanos.
Desde el Parlamento se atacaba ya con dureza el mal gobierno del rey, quien respondió con un intento de detención de los principales dirigentes parlamentarios, actitud que se volvería rápidamente en su contra al fracasar sus planes de acabar con la oposición. En Londres se constituyó un Comité de insurrección que pudo levantar al pueblo, por lo que sintiendo la amenaza muy próxima Carlos I se decidió a huir de la ciudad dirigiéndose hacia el Norte seguido de sus partidarios. Todo esto ocurría en 1642 y el enfrentamiento estaba servido. Ambos bandos, el parlamentario y el real, formaron bien nutridos ejércitos, aunque en el transcurso de la guerra no se produjeron muchas batallas sino más bien una serie de refriegas, asaltos y escaramuzas que hicieron de aquella conflagración una contienda sin grandes violencias ni devastaciones. Los realistas salieron derrotados en los encuentros más importantes: en Newbury (1643), Marston-Moor (1644) y Naseby (1645).
El rey tuvo que marchar hacia Escocia, pero allí tampoco fue bien recibido, como cabía esperar. No quiso aceptar el reconocimiento de la Iglesia presbiteriana y los escoceses terminaron por entregarlo a las fuerzas rivales a cambio de percibir una buena compensación económica.
La nueva situación creada resultaba un tanto extraña, inusual y embarazosa para casi todos. No se sabía bien qué hacer con el monarca, quien complicó aún más el crítico estado de cosas con su huida y posterior captura. Por un lado, los realistas seguían inquietando con sus acciones armadas; por otro, los parlamentarios se encontraban divididos entre moderados y radicales. El elemento que inclinaría la balanza hacia posturas intransigentes fine Oliverio Cromwell, jefe militar del todopoderoso ejército parlamentario que se había convertido en el instrumento decisivo para el control de la cadena de acontecimientos inesperados que se estaba produciendo. Terrateniente acomodado, ferviente puritano y hombre enérgico, Cromwell pasó a dominar la situación apoyándose en sus fieles seguidores de la milicia y en un Parlamento reducido que había sido depurado para llevar adelante los planes del nuevo mandatario. Sería precisamente esta asamblea (el Rump Parliament) la que finalmente enjuiciaría al rey y lo condenaría a morir, impactante suceso que se llevaría a la práctica el 30 de enero de 1649.
Hasta aquí los acontecimientos, los hechos políticos destacados, entre los que sobresalían, dentro del proceso revolucionario que se había desatado a comienzos de la década de los cuarenta, la guerra civil, la ejecución del monarca seguida de la liquidación de la Monarquía, la caída de la jerarquía anglicana y la desaparición de la Cámara de los Lores. No había ninguna duda de la notable importancia de estos hechos, de que se había producido una verdadera revolución, pero lo que no estaba tan claro, ni lo sigue estando, es por qué ocurrió. Desde aquellos momentos hasta el presente se han dado muchas y diferentes explicaciones; las interpretaciones han sido y continúan siendo divergentes; los intentos de simplificar el desarrollo de lo que aconteció se hacen en función de una u otra causa fundamental, ya sea de tipo estrictamente político (la lucha contra el absolutismo de los Estuardos), religioso (la protesta de los presbiterianos ante el dominio de la Iglesia anglicana y su rechazo del catolicismo), o principalmente económico (la revolución como protesta de clases, producto de los cambios sociales que se estaban dando por la evolución del sistema económico). Hubo de todo un poco, sin que pueda establecerse una única causa (en el estallido revolucionario incidieron factores muy diversos), ni darle el protagonismo a una sola y determinada clase social (hubo burgueses en ambos bandos y los sectores trabajadores, campesinos y urbanos, también repartieron sus preferencias); ni siquiera es válida la rígida distribución geográfica que tanto se ha repetido (el Norte y el Oeste realistas, el Este y el Sur parlamentarios) por la cantidad de excepciones que se dieron según la adscripción territorial de los componentes de cada bando. En suma, la que se conoce como primera revolución inglesa resultó ser un proceso complejo, muy difícil de esquematizar, que se ha prestado de continuo a enjuiciamientos partidistas y a valoraciones enfrentadas desde posturas ideológicas distintas.
Abolida la Monarquía, dio comienzo el mandato personalista de Cromwell que se prolongaría hasta 1658, año de su muerte; en una primera etapa secundado por un recién creado Consejo de Estado, y desde 1653 como dictador indiscutible a raíz de proclamarse Lord Protector, tras haber disuelto el Parlamento y suprimido el organismo asesor estatal. Durante una década Inglaterra soportó una férrea dictadura militar, opresiva y asfixiante, que obtuvo rotundos triunfos en el exterior y en el interior. Nada más iniciarse su gobierno, Cromwell tuvo que hacer frente a la oposición armada de irlandeses y escoceses, que apoyaban al hijo mayor del decapitado monarca Estuardo: los primeros fueron ferozmente reprimidos después de ser derrotados en las batallas de Drogheda y Wexford (1649), y los segundos también fueron vencidos en Dumbar (1650) y Worcester (1651). Asimismo surgió un conflicto bélico con Holanda, una vez que desde ésta se reconociese a los Estuardo y se decretase por Cromwell el Acta de Navegación, tan perjudicial para los intereses comerciales de los holandeses, los cuales le declararon la guerra, que finalizaría con la paz de Westminster (1654), nuevo éxito del ya nombrado Lord Protector que veía cómo sus amenazadores enemigos tenían que plegarse a sus condiciones.
No sufrieron mejor suerte sus oponentes interiores. Los que rechazaban el fuerte moralismo puritano que se había implantado en todo el país y los grupos más radicales que no admitían el excesivo dirigismo y el control político-social de la dictadura fueron igualmente reprimidos. Este estado de cosas cambió repentinamente con la muerte de Cromwell, ya que su teórico sucesor, su hijo Ricardo, se desentendió de tal misión, abdicando de sus prerrogativas como Lord Protector, dando paso así a una pronta vuelta de los Estuardo al poder.
La restauración inglesa
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
El fin del siglo XVII

Artífice en gran medida del regreso de la Monarquía fue la fracción del ejército realista liderada por el general Monk, que convocó para ello una reunión de parlamentarios de tendencias afines que rápidamente proclamaron el restablecimiento de la Corona, llamándose a continuación al exiliado Carlos II para que subiera al trono. Los excesos puritanos y el desorden generado tras la muerte del dictador propiciaron la llegada de un nuevo soberano, que durante las dos décadas y media que estuvo reinando volvería a tropezar con obstáculos similares a los que sufrieron sus antecesores inmediatos. Al igual que ellos, tuvo plena aceptación en los primeros momentos de su reinado; apoyo y simpatía que del mismo modo perdería al poco tiempo, teniendo que enfrentarse casi de inmediato a los problemas políticos, fiscales y religiosos no resueltos que, una vez más, iban a socavar las bases de una pretendida soberanía de corte absolutista.
Frente al rigorismo impuesto por los puritanos en la etapa anterior, se desató una oleada de un mal entendido liberalismo y relajación en las costumbres que en la Corte se reflejaba en las prácticas aristocráticas tradicionales y en la prodigalidad de que hizo gala el monarca, circunstancia que tan negativamente iba a influir en las finanzas reales. Respecto a la espinosa cuestión religiosa, se volvió de nuevo al reconocimiento oficial de la iglesia anglicana (proclamación del "Bill de uniformidad" en 1662), decisión que perjudicó especialmente a los pastores puritanos y a los seguidores presbiterianos, que vieron cómo se les imponía otra vez el episcopalismo, incidiendo con menor agresividad en los católicos esta toma de posición real por la relativa tolerancia de que se beneficiarían en el transcurso del reinado, hecho vinculado a las simpatías del monarca por el credo católico, que se concretaría de forma pública, como va lo habían hecho los anteriores Estuardos, con su casamiento con una princesa católica, en este caso Catalina de Portugal.
Otro factor que le retrajo muchos apoyos a Carlos II fue su política exterior, especialmente los acuerdos con la Francia de Luis XIV, que suponían a la vez el enfrentamiento con Holanda. No se aceptaban bien unas relaciones de amistad con una potencia católica que llevaban a luchar contra unos vecinos protestantes. Desde el Parlamento se frenó siempre que se pudo esta tendencia pro-francesa, todavía más por la amenaza que planteaba de un Posible predominio del catolicismo y por los apoyos económicos de Luis XIV a la Corte inglesa, que permitían en cierta medida una política autónoma de Carlos II respecto al control parlamentario de los recursos de la Hacienda real.
La tensión entre el Parlamento y el monarca no dejó de crecer durante el reinado, poniéndose de manifiesto repetidas veces en forma de disposiciones parlamentarias que iban en contra de determinadas decisiones regias. Así ocurrió, por ejemplo, en las dos suspensiones de las hostilidades contra Holanda planteadas en 1666 y 1674; en la oposición de los diputados a aceptar la "Declaración de indulgencia" (1672) dada por Carlos II en favor de los católicos, a los que se les debía dar un trato especial en materia religiosa; en la aprobación del "Bill del Test" (1673), que obligaba a todos los funcionarios públicos al acatamiento de las directrices anglicanas y al rechazo de otros credos, medida que se llevaba hasta sus últimas consecuencias en 1679 al imponer la privación a Jacobo Estuardo, católico convencido, hermano y heredero del soberano, de todas sus prerrogativas y derechos como tal sucesor. Contrario al absolutismo monárquico de Carlos II, el Parlamento también aprobó en este mismo año de 1679 la normativa del "Habeas corpus" en defensa de las libertades individuales. Dos años después, en vista de la continua oposición parlamentaria y ante el triunfo electoral de los whigs, partidarios de dotar a la Asamblea con mayores poderes en perjuicio de la potestad del monarca, Carlos II decidió suprimir la actividad del Parlamento, gobernando en solitario a partir de entonces y hasta el momento de su muerte, que se produjo en 1685.
A pesar de todos los inconvenientes que existían en su contra, Jacobo II (1685-1688) fue proclamado como nuevo soberano. Tuvo un corto reinado, cortado por el brote insurreccional de sus enemigos políticos, que le obligaron a tener que huir de Inglaterra y buscar refugio en la Corte francesa. Católico, absolutista y de edad avanzada cuando ocupó el trono, Jacobo II practicó unas formas de gobierno de acuerdo con sus ideas y convicciones que generaron en muy poco tiempo las semillas del levantamiento contra su persona. Fuertes protestas se oyeron rechazando sus "Declaraciones de indulgencia" favoreciendo a los católicos, pero el factor que resultó determinante para encauzar la revuelta institucional parlamentaria fue el nacimiento de un hijo varón, fruto de su matrimonio con la princesa católica María de Módena, que pronto fue bautizado, lo que echaba por tierra las esperanzas reformadas de que la Corona recayera en una persona de confesión no católica, posibilidad hasta entonces la más próxima, ya que las dos hijas herederas del monarca, María y Ana, protestantes ambas, se hallaban casadas también con protestantes.
Planteados así los acontecimientos, la medida adoptada por los parlamentarios, de mutuo acuerdo en esta cuestión las dos agrupaciones partidistas (tory y whig), contando además con el beneplácito de la Iglesia anglicana y de sectores militares, fue la de solicitar la ayuda del estatúder de Holanda, Guillermo III de Orange, para que interviniera en defensa de la religión protestante y de la libertad del Parlamento, lemas que el mandatario holandés enarboló cuando, tras aceptar la petición que se le hacía de intervención en los asuntos ingleses, desembarcó en territorio inglés haciendo huir a las tropas reales de Jacobo II y obligando a éste a buscar refugio en la Corte francesa después de una doble tentativa de fuga. En los últimos días de 1688, el victorioso Guillermo III hacía su entrada triunfal en Londres.
La situación creada de hecho planteaba serios problemas a la hora del reconocimiento de quién sería el nuevo titular de la Corona y sobre el mecanismo a seguir para su designación. Convocado un "Parlamento Convención" (enero de 1689), desde éste se decidió finalmente que Guillermo y su esposa María serían proclamados conjuntamente reyes, elaborándose al mismo tiempo una "Declaración de derechos" que recogía todas las prerrogativas históricas del Parlamento y que tuvo que ser aceptada por los nuevos monarcas para poder ocupar el trono. De esta forma se producía el triunfo de las tesis parlamentarias que imponían un tipo de Monarquía constitucional basada en la idea de contrato entre el rey y el Reino, quedando derrotadas definitivamente las aspiraciones de los Estuardo de constituir en Inglaterra una Monarquía absolutista de derecho divino. Estas transformaciones politico-institucionales fueron la base de lo que se suele denominar "Revolución de 1689", que se completaría en el terreno religioso con la aprobación del "Acta de tolerancia" (mayo de 1689), que suponía en la práctica, aunque con algunos condicionamientos para los no anglicanos, la libertad religiosa, que se concedía a los grupos protestantes, pero de la que fueron excluidos no obstante los católicos.
El reinado de Guillermo y María abarcaría todo lo que restaba de la centuria, caracterizándose hacia el exterior por los enfrentamientos bélicos con Francia y en el interior por el reforzamiento del poder del Parlamento, que pudo sacar adelante una serie de disposiciones legislativas que le beneficiaban ampliamente, a la vez que excluían la posibilidad de que un católico volviera a ocupar el trono inglés ("Acta de establecimiento", de 1701). María murió sin descendencia en 1694, quedando Guillermo como único rey hasta su fallecimiento en 1702.
GRAN BRETAÑA
 
El nombre de G. B. se empleó oficialmente, por primera vez, en 1707, cuando se promulgó el Acta de la Unión, en virtud de la cual los Parlamentos de Inglaterra y Escocia se fusionaron y una misma legislación fue valedera para los dos Estados. Sin embargo, los orígenes de esta unión se remontan a los comienzos del s. XVII. En 1603, lacobo VI, que reinaba en Escocia desde 1567 por renuncia de su madre María Estuardo, pasó a ser también rey de Inglaterra con el nombre de lacobo I. De esta forma, se entronizaba en Inglaterra la dinastía de los Estuardos (v.) y ambos reinos quedaban unidos por primera vez bajo un solo cetro (Para la historia anterior, v. INGLATERRA II, ESCOCIA II).
     
      1. La crisis de la monarquía autoritaria: los Estuardos. El s. xvii inglés constituye una experiencia político-religiosa en evidente desfase con la Europa contemporánea. Por una parte, realizó con éxito el primer intento de liberalización de la monarquía autoritaria, que quedó reducida a un gobierno constitucional de clara preponderancia burguesa. En este sentido, viene a ser un ejemplo precoz de situaciones similares que, en el resto de Europa, no se produjeron hasta finales del s. XVIII y primera mitad del XIX. Por otra parte, este proceso medular se desenvolvió en una problemática religiosa en la que se planteaban las relaciones Iglesia-Estado, y en este sentido resulta un epílogo de las luchas religiosas que en Europa caracterizaron la segunda mitad del s. XVI.
     
      Este proceso revolucionario de la Inglaterra Estuardo se desarrolló fundamentalmente en dos etapas, las Revoluciones de 1640 y 1688, entre las que se intercalaron otras dos situaciones que podemos caracterizar como compás de espera, el protectorado de Cromwell y la Restauración monárquica (gobiernos de Carlos II y lacobo II). Aunque puede decirse que arranca del reinado de Jacobo I, sin embargo, tiene hondas raíces en el s. xvi. Podríamos distinguir tres tipos de causas relacionadas en orden a su espectacularidad: las políticas, las religiosas y las socioeconómicas.
     
      En primer lugar, las causas de orden político. En el transcurso del s. XVI, los Tudor (v.) habían gobernado Inglaterra con una autoridad casi absoluta, sin gran oposición del Parlamento. Gracias a los trabajos de Neale se conocen bastante bien las relaciones de la corona con el Parlamento, en esta época, que dejan un tanto en entredicho a la pretendida armonía existente entre ambos de 1529 a 1601. Ya en el reinado de Isabel I el Parlamento se mostró menos dócil a los deseos e iniciativas regias de lo que habitualmente se ha creído. En cinco ocasiones, al menos (1566, 1571, 1572, 1584 y 1587), los Comunes desafiaron a la reina en algunas de sus prerrogativas y en otras tres (1589, 1593 y 1601), llegó a formarse una auténtica oposición acerca de cuestiones de índole religiosa y financiera. Pero lo cierto es que esta oposición no tuvo continuidad ni carácter organizado y que la monarquía siempre contó `con la colaboración parlamentaria. Por el contrario, los Estuardos intentaron ejercer una autoridad absoluta basada en la anulación virtual del Parlamento. Por tradición familiar, estaban persuadidos de que el Estado era propiedad personal de la dinastía y que, por tanto, podían disponer de él a su antojo, sin tener que rendir cuentas de sus actos más que ante Dios. Pretendían arrogarse el poder de dictar leyes, administrar justicia e imponer tributos. Frente a esta concepción del Estado, el Parlamento estimaba que el rey sólo podía dictar leyes de acuerdo con él, sostenía sus derechos a poder juzgar a los ministros y consideraba que todo tributo no autorizado por el Parlamento vulneraba la constitución tradicional del país.
     
      En segundo lugar, en el campo religioso, hacen su aparición ciertas corrientes disidentes, representantes de una nueva actitud en la consideración de las relaciones Iglesia-Estado, y que llegarán a un enfrentamiento abierto con la Iglesia oficial anglicana. Esta disidencia se manifiesta en diversas líneas: desde el calvinismo puritano que propugna una superioridad de la Iglesia sobre el Estado (situación justamente inversa de la que ofrecía el anglicanismo), hasta los erastianos, que reivindicaban el laicismo absoluto del Estado, relegando lo religioso a la intimidad personal. Como centro, las múltiples sectas denominadas independientes de distintos matices, pero esencialmente acordes en postular, con firmeza absoluta, la libertad de conciencia.
     
      En tercer lugar y en el orden socioeconómico, la crisis de finales del s. XVI y primera mitad del XVII acentuó las diferencias entre nobleza y burguesía y afectó igualmente a la hacienda real, que sufrió la depreciación de sus propias rentas ordinarias viéndose obligada a solicitar frecuentes concesiones extraordinarias del Parlamento. Por su parte, los nobles, desbordados por la carrera de los precios, se esforzaban en elevar el nivel de sus rentas o bien en lograr el desempeño de servicios a la corona, recompensados con concesiones y privilegios. Esto les llevaba a una dependencia cada vez más estrecha de la monarquía; de ahí que estuviesen dispuestos a soportar una acentuación del poder real. Por el contrario, la burguesía, enormemente fortalecida en estos años y que a medida que aumentaba su prosperidad económica iba robusteciendo su capacidad política, se vinculaba estrechamente a los postulados parlamentarios, ya que sólo a través del Parlamento podría impedir el aumento de los impuestos.
     
      A toda esta serie de tensiones, hay que añadir la oposición puritana a la política pacifista y proespañola del primero de los Estuardos. Los Parlamentos de Jacobo I (1603-25) se disolvieron siempre en un clima de no colaboración. Defensor obstinado del poder absoluto y de la Iglesia anglicana, empleó todas sus energías en luchar contra el Parlamento y contra las tendencias religiosas de católicos y puritanos. Esta actitud le acarreó la oposición resuelta tanto de la pequeña nobleza campesina y la burguesía de las ciudades, dispuestos a defender los privilegios parlamentarios y las libertades civiles, como de los puritanos, hostiles a toda forma de aproximación al anglicanismo (v.). A pesar del giro dado a su política a fines de su reinado (ataque a Cádiz y ayuda a los protestantes franceses de la Rochela), no consiguió el apoyo del Parlamento.
     
      Las fricciones entre éste y la corona aumentaron de intensidad al subir al trono su hijo Carlos I (v. 162549). Decidido a hacer triunfar el absolutismo preconizado por su padre, afirmó desde el primer momento su voluntad de gobernar como monarca absoluto. En 1628, ante la Petición de Derechos presentada por los Comunes bajo la dirección de Coke, Wentworth y Eliot, donde se atacaban los abusos de autoridad, tales como la imposición de contribuciones sin su previa autorización, los arrestos injustos, empréstitos forzosos, etc., disolvió el Parlamento, inaugurando su etapa de gobierno personal (tiranía de los once años). Para hacer frente a las necesidades económicas de la corona, su ministro Strafford impuso tasas arbitrarias, se aseguró el monopolio de la venta de determinados artículos (sal, arenques, carbón, encajes, jabón, etc.), aumentó algunas rentas ordinarias en un 50%, en tanto que resucitaba derechos en desuso. Al mismo tiempo que se intentaba sanear la hacienda real, el arzobispo Laud emprendía la tentativa de restablecer y reforzar el poder temporal de la Iglesia anglicana. Ahora bien, un Gobierno sin Parlamento dependía en gran medida de la paz, por lo que al estallar el conflicto escocés, a consecuencia de la política asimiladora de Laud, el rey se vio obligado a recurrir al Parlamento. Éste inauguró sus sesiones el 13 abr. 1640, pero ante sus pretensiones de exigir responsabilidades por el largo periodo de gobierno personal, el rey lo disolvió el 5 de mayo del mismo año (Parlamento Corto).
     
      Antes de finalizar el año, las urgencias económicas provocadas por la guerra, le obligaron a convocarlo (Parlamento Largo). A los pocos días de iniciar sus sesiones, los Comunes dirigidos por Pym, obligaron al rey a firmar sentencia de muerte contra su más fiel colaborador Strafford, a renunciar a su derecho de disolución del Parlamento y a suprimir los órganos que encarnaban la prerrogativa regia, con la sola excepción del Consejo Privado. Un comité de parlamentarios elaboró una lista de agravios contra la actitud del rey y sus ministros durante los años de gobierno personal, cuyo resultado fue el documento llamado de la Grand Remonstrance. Ante la resolución adoptada por la Cámara, prohibiendo todo reclutamiento militar sin su aprobación previa, el rey quiso oponerse e intentó detener a Pym. El pueblo de Londres se levantó en armas contra él, viéndose obligado a abandonar la ciudad. En estos momentos estalló la guerra civil, agrupándose en torno al rey los católicos, anglicanos y gentilhombres, y en torno al parlamento los pequeños propietarios agrícolas y la burguesía comercial. En los primeros años de guerra, el ejército real (caballeros) obtuvo algunas ventajas sobre el parlamentario (cabezas redondas), pero a partir de 1644, aparece en escena un nuevo elemento militar que pondría fin a la guerar civil y posteriormente terminaría por dominar también al parlamento: Oliver Cromwell (v.) y sus ironsides. El ejército reorganizado por Cromwell se lanzó a la lucha con un auténtico espíritu de cruzada, venciendo a los realistas en Marston Moor (3 jul. 1644) y Naseby (14 jun. 1645).
     
      Aunque el rey prefirió entregarse a los escoceses, éstos, a los dos años, le entregaron al Parlamento a cambio de 400.000 libras. Una vez en Inglaterra, Carlos I intentó aprovechar las diferencias y antagonismos surgidos en el bando parlamentario, donde los presbiterianos se mostraban partidarios de una paz de compromiso, mientras que por el contrario el ejército, dominado por Cromwell, abogaba por una política más resuelta y audaz. Al intentar el Parlamento disolver el ejército, éste se amotinó apoderándose del rey y estableciéndose en Londres. Estalló la segunda guerra civil, esta vez entre el Parlamento, apoyado por los realistas, y el ejército. La victoria de Presten corvirtió al ejército de Cromwell en dueño virtual de la situación. El coronel Pride depuró el Parlamento, expulsando a 140 diputados presbiterianos. Tras este golpe de Estado llevado a cabo por el ejército, el 30 en. 1649 se proclamó la república y sólo días más tarde (9 febrero), Carlos I subía al patíbulo acusado de «tirano, traidor, asesino y enemigo del país».
     
      La muerte del rey provocó sendos levantamientos en Irlanda y Escocia, que fueron duramente reprimidos por Cromwell. Las matanzas de Drogheda y Wexford pusieron fin a la resistencia irlandesa, mientras que los escoceses fueron derrotados en Dunbar (1650) y Worcester (1651). En tanto, el Rump Parliament daba síntomas evidentes de ineficacia, por lo que Cromwell optó por disolverlo y, tomando el título de lord Protector, asumió todos los poderes del Estado, instaurando una auténtica dictadura militar (1653). Bajo el protectorado, Inglaterra recobró la paz y la prosperidad interior al tiempo que en el exterior se ponían las bases de su futura grandeza marítima. Sin embargo, este régimen se vinculaba exclusivamente a la persona de Cromwell, por lo que a su muerte (1658) y tras el corto periodo de gobierno de su hijo Ricardo (1658-59), el general Monk reunió una convención nacional, integrada por miembros del antiguo Parlamento Largo, que restauró la monarquía en la persona del hijo del decapitado Carlos I.
     
      Carlos II (v.; 1660-85) había aprendido durante su destierro en Francia a no cometer los mismos errores que su padre. Por la declaración de Breda, prometió el perdón general y se comprometió a mantener el concurso del Parlamento. Pese a su tendencia claramente absolutista y católica, procuró evitar cualquier enfrentamiento con el Parlamento. Los amplios márgenes acotados para el ejercicio de las libertades parlamentarias no fueron inconveniente para que la prerrogativa regia estuviese inmune de toda crítica. No obstante, ante la necesidad de obtener créditos del Parlamento, se vio obligado a derogar la Declaración de Indulgencias, concedida en 1672, por la que dejaba en suspenso las leyes penales contra los católicos, y a aceptar el Bill of Test por el que todo funcionario público debería demostrar su anglicanismo prestando juramento de la supremacía del rey sobre el Papado. En estos años, hacen su aparición los términos whig y tory, que designan respectivamente los grupos sociopolíticos que se disputaban el poder: la alta burguesía parlamentaria y la nobleza rural terrateniente. Aunque el rey iba capeando todas las fricciones con el Parlamento, durante los cuatro últimos años de su reinado, a fin de resolver la crisis política que se avecinaba, se vio obligado a gobernar sin él.
     
      Su sucesor Jacobo II (1685-88), absolutista y católico convencido, fue incapaz de mantener el modus vivendi logrado por Carlos II. Ante la imposibilidad de conseguir la abolición del Bill of Test y del Habeas Corpus por el Parlamento, lo disolvió. Promulgó en 1687 de forma anticonstitucional una Declaración de Indulgencias que fue renovada también al año siguiente (v. v, 5). Esto fue motivo para abrir una clara brecha entre rey y Parlamento. El nacimiento de un heredero en ese mismo año (1688), eliminando la posibilidad de que le sucediesen cualquiera de sus dos hijas protestantes, habidas de su primer matrimonio, colaboró al entendimiento de tories y whigs que, ante el temor de la restauración del catolicismo, ofrecieron el trono a María, hija de Jacobo II y esposa de Guillermo de Orange, estatúder de Holanda. Éste desembarcó en Torbay el 5 nov. 1688 y marchó sobre Londres. Jacobo II, sintiéndose abandonado por todos, decidió huir, siéndole facilitada la fuga, ya que de esta forma se evitaba el comienzo de una nueva guerra civil. El Parlamento consideró al rey abdicado por el solo hecho de su huida y proclamó a su hija María heredera del trono. Así terminó esta segunda revolución, que consagraba definitivamente la supremacía del Parlamento sobre el rey.
     
      Para evitar una repetición de lo ocurrido con la Restauración de 1660, el Parlamento publicó una Declaración de Derechos, aceptada por el nuevo rey Guillermo III (1689-1702), que se convirtió en el Bill of Rights de 1689. En ella se enumeraban los actos arbitrarios cometidos por Jacobo II y los declaraba ilegales; se afirmaba que el rey no podía atentar contra las leyes fundamentales del reino, que los subsidios se votarían anualmente por el Parlamento y que las pagas del ejército no se asegurarían más que por un año. En 1694 se aprobó otra resolución en virtud de la cual se establecía la obligatoriedad de convocar el Parlamento por lo menos una vez cada tres años. Aceptadas estas declaraciones por Guillermo III, pocos conflictos podrían existir en el futuro entre rey y Parlamento. En 1701 se promulgó el Act of Settlement por el que se regulaba la sucesión al trono. A su muerte, acaecida al año siguiente, le sucedería su cuñada Ana, segunda hija de Jacobo II y dado que todos los hijos de ésta habían muerto, después la corona pasaría a Sofía de Hannover, nieta de Jacobo I, y a sus descendientes, siempre que fueran protestantes.
     
      La reina Ana (1702-14) puso fin de forma definitiva a la crisis constitucional inglesa del s. XVII, al establecer, en virtud del Acta de la Unión (1707), la unidad política entre Inglatera y Escocia. La unión personal establecida con Jacobo I se vio completada por la fusión de ambos Parlamentos y el establecimiento de una misma legislación para los dos países. A partir de entonces, 45 diputados y 16 pares representarían los intereses escoceses en Westminster. En el orden exterior, se persiguió la política tradicional inglesa: desarrollo del poderío marítimo y formación de una línea de contención contra la potencia más fuerte del continente (en esta época, la Francia de Luis XIV). Las relaciones de amistad mantenidas con el país vecino, se quiebran a partir del reinado de Guillermo III, en la búsqueda de un sistema de equilibrio cuyas bases concretas se establecerán en Utrecht (v.). En el orden económico, esta etapa de finales del s. XVII y comienzos del XVIII, registró un crecimiento global de la economía británica. Aunque la agricultura realizó indudables progresos, sin embargo, su crecimiento fue menos rápido que el de la industria. Respecto al comercio colonial, éste remitió un tanto en el ritmo de crecimiento mantenido a partir de la promulgación del Acta de Navegación (1651). Las operaciones bursátiles también adquieren gran amplitud, sobre todo desde la creación del Banco de Inglaterra en 1694. En resumen, puede concluirse afirmando que en esta etapa se pusieron las bases del proceso que más tarde daría lugar a la revolución industrial.
 

Ninguna respuesta to “El origen de la Gran Bretaña”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: