Siglo de Hierro
El final de un Imperio

EL ESTADO SOY YO (1643-1715) Absolutismo.

FRANCIA Y EL ABSOLUTISMO (1643-1715)

EL ESTADO SOY YO

El reinado de Luis XIV
Richelieu murió en 1642 y Luis XIII en 1643, dejando el trono a su hijo de cinco años, Luis XIV.

Mazarino y la rebelión La Fronda
El protegido y sucesor de Richelieu como primer ministro, el cardenal Giulio Mazarino, continuó la política de su predecesor, culminando de forma victoriosa la guerra con los Habsburgo y derrotando, en el interior, el primer esfuerzo coordinado de la aristocracia y la burguesía para invertir la concentración de poder en el rey realizada por Richelieu.

En 1648, el Parlamento de París, en alianza con los burgueses de la ciudad, protestó contra los elevados impuestos y, con el apoyo de los artesanos, hicieron estallar una rebelión contra la Corona, denominada La Fronda. Poco después de que finalizara, los nobles amotinados del sur se rebelaron y, antes de que la revolución fuera aplastada, una guerra civil arrasó de nuevo diversas zonas de Francia. A pesar de esto, la Fronda fracasó en su intento de impedir la centralización del poder y, hasta la década de 1780, los estamentos privilegiados no desafiaron de nuevo a la autoridad de la Corona.

El absolutismo de Luis XIV

A la muerte del cardenal Mazarino en 1661, Luis XIV anunció que en lo sucesivo él sería su propio primer ministro. Durante los siguientes 54 años, gobernó Francia personal y conscientemente, y se estableció a sí mismo como modelo del monarca absolutista que gobernaba por derecho divino (véase Absolutismo).

A principios de su gobierno en solitario, Luis XIV estableció la estructura del estado absolutista. Organizó un número determinado de consejos consultivos y, para ejecutar sus instrucciones, los dotó de hombres capaces y completamente dependientes de su persona. La demanda de los parlamentos provinciales de un veto sobre los decretos reales se silenció totalmente. Los nobles potencialmente peligrosos, por ser descendientes de la antigua nobleza feudal, quedaron unidos a la corte a través de cargos prestigiosos pero de carácter ceremonial, que no les dejaban tiempo libre para su actividad política. La burguesía se mantuvo políticamente satisfecha con la garantía de orden interno que le ofrecía el gobierno, el fomento activo del comercio y la industria y las oportunidades de hacer fortuna explotando los gastos del Estado.

Luis XIV y la Iglesia

El rey, gracias al poder de nombrar a los obispos, consiguió un dominio firme sobre la jerarquía eclesiástica. El monarca gobernaba como representante de Dios en la tierra, y la obediencia del clero le proporcionó la justificación teológica de su derecho divino. Un movimiento disidente, el jansenismo, que se desarrolló en el siglo XVII, constituyó una amenaza política por el énfasis que daba a la supremacía de la conciencia individual, por lo que Luis luchó contra él desde sus comienzos.

Mecenazgo de las artes

El gran palacio que construyó Luis XIV en Versalles fue —y sigue siendo— incomparable en tamaño y en magnificencia, un monumento de la arquitectura, pintura, escultura, diseño interior, jardinería y tecnología constructiva de Francia. Luis XIV fue un destacado mecenas de las artes. Intentó elevar el nivel cultural mediante la fundación de la Academia de Bellas Artes y la Academia Francesa en Roma; además, ayudó a los autores con aportaciones económicas y fomentó sus trabajos, nombrando a un surintendant (supervisor) de música para elevar la calidad de las composiciones y de los conciertos. Creó también la Academia de las Ciencias.

Regulación de la economía

El ministro de Finanzas, Jean-Baptiste Colbert, fue el gran exponente de la era del mercantilismo. Subvencionó a la industria, estableció aranceles para eliminar la competencia exterior y controles de calidad en la producción industrial, desarrolló mercados coloniales que fueron monopolizados por los comerciantes franceses, fundó compañías comerciales ultramarinas, reconstruyó la Armada y, en el interior, construyó carreteras, puentes y canales.

La persecución de los hugonotes

Antes de finalizar su reinado, los gastos de las guerras habían arruinado la mayor parte del trabajo de Colbert en el ámbito económico y, en 1685, el rey asestó un golpe a la débil economía del Estado al revocar el Edicto de Nantes. Convencido de que la mayoría de los hugonotes se habían convertido al catolicismo, prohibió el culto público protestante, los predicadores fueron expulsados del país y se destruyeron sus centros de reunión. A pesar de la amenaza de elevadas multas, entre 200.000 y 300.000 hugonotes abandonaron Francia; la mayoría eran artesanos especializados, intelectuales y oficiales del ejército; en definitiva, valiosos súbditos que Francia no podía permitirse el lujo de perder.

Las guerras de Luis XIV

Luis condujo a su país a cuatro guerras costosas. En todas ellas continuó la política de contener y reducir el poder de los Habsburgo, extender las fronteras francesas hasta posiciones defendibles y conseguir ventajas económicas. Su ministro de Guerra, el marqués de Louvois, organizó un poderoso ejército de 300.000 hombres entrenados, disciplinados y bien equipados.

En 1667, el monarca empleó este ejército para hacer valer su reclamación (basada en su matrimonio, en 1660, con María Teresa, hija del rey Felipe IV de España) sobre los Países Bajos españoles. Una hostil alianza de poderes marítimos le indujo a negociar un compromiso de paz en 1668. La recompensa francesa fueron once fortalezas en la frontera nororiental.

En 1672, las consideraciones estratégicas y económicas llevaron a Luis a atacar las Provincias Unidas (parte de los Países Bajos no sujeta a dominación española), donde pronto se enfrentaría no sólo con los holandeses, sino también con una poderosa coalición. Francia consiguió tras la Paz de Nimega (1678), que puso fin a la guerra, el Franco Condado en la frontera oriental y una docena de ciudades fortificadas en el sur de los Países Bajos.

En 1689, una alianza de poderes europeos,

la Liga de Augsburgo, entró en guerra con Luis XIV para poner fin a su política de anexionar territorios adyacentes a ciudades conseguidas en tratados anteriores. Los ocho años de guerra terminaron con la Paz de Ryswick, acuerdo en el que ambas partes renunciaron a sus conquistas, aunque Francia retuvo la ciudad de Estrasburgo en Alsacia.

Los combatientes habían resuelto solucionar sus diferencias debido a que una nueva crisis internacional asomaba en el horizonte. Carlos II, rey de España, no tenía heredero directo. Un mes antes de su muerte, nombró para sucederlo al nieto de Luis XIV, Felipe de Anjou. Aunque Luis había defendido anteriormente la división de la herencia de la monarquía española, decidió apoyar la candidatura de su nieto a todo el territorio. Los otros estados europeos temieron las consecuencias de la gran extensión del poder de los Borbones que esto generaría, y se unieron en una coalición para evitarlo. La guerra de Sucesión española duró trece agotadores años. Al final, Luis consiguió su principal objetivo y su nieto se convirtió en rey de España con el nombre de Felipe V.

El fin del reinado de Luis XIV

La guerra, junto al frío invierno de 1709 y a una escasa cosecha, provocó en Francia numerosas revueltas por la falta de alimentos y en demanda de reformas políticas y fiscales. Una epidemia de viruela que tuvo lugar entre 1711 y 1712 acabó con la vida de tres herederos al trono, dejando un único superviviente por línea directa, el biznieto de Luis, que tenía 5 años de edad. Luis XIV murió en Versalles el 1 de septiembre de 1715, tras 73 años de reinado.

 

La hegemonía francesa
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
El fin del siglo XVII
Siguientes:
El sistema económico colbertista
El esplendor del absolutismo
La expansión territorial
Guerra de Sucesión española

La política exterior de Luis XIV tenía como principal motivación la demostración del poder de Francia y la magnificencia del propio rey. Por ello se fue determinando conforme se presentaban las circunstancias. Sin embargo, es cierto que existían ciertos condicionamientos objetivos que orientaban los intereses exteriores de una manera determinada, aunque en la decisión de adoptar una expeditiva vía militar tuviese gran parte la consecución de gloria personal. Por una parte, Luis XIV heredaba una tradicional rivalidad con los Habsburgo, sobre todo los de Madrid, que había tenido su último acto en la Paz de los Pirineos (1659); por otro, la consecución de unas sólidas fronteras naturales era un viejo anhelo de Richelieu, siempre dejado de lado por otros problemas más urgentes; por último, existía una clara rivalidad económica con las Provincias Unidas.
La reorganización del ejército por Le Tellier y su hijo Louvois lo convirtió en el más poderoso de Europa, por su número, su armamento y su disciplina. Vauban, comisario de fortificaciones, construyó un cinturón inexpugnable de fortalezas alrededor del Reino. La marina recibió menor atención, pero aun así la mejora de los puertos, la reactivación de los astilleros y el progreso de la formación de los marinos la hicieron susceptible de enfrentarse victoriosamente ante enemigos navales tan peligrosos como ingleses y holandeses.

El sistema económico colbertista
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
La hegemonía francesa
El Estado se propuso implementar vigorosamente la industria privada como medio de estimular el desarrollo de las manufacturas nacionales.
El desarrollo de la industria del XVII no dependió en exclusiva, sin embargo, de la difusión de la manufactura rural a domicilio. El proteccionismo industrial de los gobiernos representó otro importante factor. La generalización de la política económica mercantilista significó el despliegue de estrategias orientadas a conseguir balanzas comerciales favorables. Para ello resultaba fundamental impedir la importación masiva de manufacturas, al tiempo que fomentar la producción nacional. El fin propuesto pasaba también por obstaculizar las exportaciones y por favorecer las importaciones de materia prima. El éxito de las "new draperies" (telas ligeras) inglesas no dependió sólo del bajo costo del trabajo rural empleado en su fabricación, sino también de la baratura de la lana inglesa e irlandesa, que saturó el mercado al ser prohibida su exportación.
El intervencionismo estatal también tomó otros rumbos. El Estado se implicó directamente en la producción industrial a través de iniciativas oficiales. En el caso de los grandes astilleros y arsenales navales el interés gubernativo derivaba básicamente de las necesidades de equipamiento bélico. Pero, en otros casos, el Estado se propuso implementar vigorosamente la industria privada como medio de estimular el desarrollo de las manufacturas nacionales.
Francia apostó abiertamente por este modelo en tiempos de Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV. La preocupación por la manufactura tenía antecedentes en este país, que se remontaban incluso al siglo XVI. En el XVII se promulgaron diversas ordenanzas para restringir mediante derechos proteccionistas la importación de textiles e impulsar de este modo la producción nacional. El propio cardenal Richelieu mostró una gran preocupación por la industria textil francesa.
Sin embargo, correspondió a Colbert el papel de máximo impulsor de iniciativas industriales. Su acción no se limitó solamente a proseguir levantando las barreras proteccionistas clásicas en el mercantilismo de la época (aranceles de 1666; restricciones al comercio del azúcar antillano para favorecer el refinado nacional), sino que tomó también otras direcciones. Una de ellas fue la creación de industrias estatales, cuya explotación y administración puso en manos de mentes oficiales. Otra consistió en favorecer mediante privilegios, exenciones, monopolios y pedidos estatales a un amplio conjunto de empresas correspondientes a la iniciativa privada, a las que se distinguió con el título de manufacturas reales. Las fábricas estatales y las empresas privilegiadas abarcaron diversos campos: fundiciones, arsenales, vidrio, espejos, porcelana, muebles, tapices, encajes, medias, paños y sombreros, principalmente.
En tercer lugar, Colbert se entregó a una incansable actividad ordenancista, con el objetivo de reglamentar y controlar oficialmente calidades y sistemas de fabricación, que tuvo su máximo exponente en la ordenanza de 1673. Finalmente, impulsó la creación de escuelas para adiestrar mano de obra, sobre todo femenina, en técnicas de elaboración de textiles.
El modelo colbertista fue incluso objeto de exportación a otros países. Aunque ya avanzado el siglo XVIII, la política de reales fábricas de la España de Fernando VI lo recuerda notablemente. No obstante, hay que atribuirle un fracaso al menos parcial. Lo único que Colbert aportó a su país con todo esto -sostiene J. de Vries- fue un conjunto de industrias costosas y no competitivas, muchas de las cuales no le sobrevivieron. Con el tiempo, sin embargo, la práctica resultó ser el mejor maestro para la conversión de algunas de estas industrias de invernadero -especialmente la del refinado de azúcar, la fábrica de espejos de Saint Gobain y las fábricas de tapices- en empresas eficientes y rentables.
El esplendor del absolutismo
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
La hegemonía francesa
El reinado de Luis XIV (1643-1715) sorprende inicialmente por su larga duración, tanto si se toma como fecha inicial el momento de recibir la herencia o si se hace arrancar inmediatamente después de la muerte de Mazarino al comenzar su gobierno efectivo. En el transcurso de más de medio siglo, los destinos de Francia estuvieron regidos por este monarca excepcional, cuya personalidad y formas de actuar se destacan por encima de lo normal, al margen de la valoración que se pueda hacer de su reinado. Con él el absolutismo alcanzó un pleno apogeo, llegando la Monarquía al culmen de su poder y de su prestigio, no sólo nacional sino también internacionalmente, ya que se convirtió en soberano indiscutido y divinizado en el interior del territorio francés y en árbitro y controlador del juego de las relaciones interestatales. Así pues, durante buena parte de la segunda mitad del siglo XVII Francia se transformó en la gran potencia europea y su rey en uno de los personajes más poderosos e influyentes.
La primera medida adoptada por Luis XIV fue asumir personalmente el gobierno de la nación, anunciando públicamente la desaparición del cargo de primer ministro y rechazando cualquier tipo de tutela o de control sobre su poder soberano. De esta manera ponía su persona por encima de toda instancia de poder, ya fuese individual o colectiva, regional o central, afirmando la voluntad regia de dar contenido y aplicar en la práctica el hasta entonces combatido y disminuido principio del absolutismo monárquico. En esta línea de actuación, el paso siguiente era potenciar el aparato de centralización y unificación estatal. Valiéndose de eficaces consejeros, a los que gustaba mantener largo tiempo en el cargo, permitiendo así la constitución de lo que se podría denominar linajes de altos funcionarios, al sucederse miembros de una misma familia en determinados servicios, y de una red de comisarios fieles a su política centralista, especialmente de los intendentes, nuevamente utilizados en tal sentido, el Estado recuperó la fuerza operativa y la capacidad disuasoria que en determinados períodos anteriores había tenido, superando incluso el nivel de intervención y el protagonismo político de etapas pretéritas.
Como la teoría absolutista indicaba, para poder llegar a su perfección había que someter a los designios de la autoridad real y de su gobierno a los cuerpos representativos, los órganos de administración local o regional y los grupos privilegiados que podían amenazar o cuestionar de alguna manera las prerrogativas supremas del poder soberano. En consecuencia, los Estados Generales no fueron convocados, se controló mejor a los Parlamentos y a los distintos Consejos y Tribunales, se menoscabó a las autoridades municipales, se sometió a la nobleza, se impuso el galicanismo a la Iglesia, las protestas populares continuaron siendo reprimidas; en suma, se reforzó la maquinaria del poder central y se afirmó de forma indiscutida la dimensión absolutista del monarca, exaltándose su carácter mayestático.
Había que potenciar también, y así se hizo, los principales medios de acción del Estado, primordialmente el ejército, instrumento básico de actuación para lograr llevar a cabo la política de grandeza exterior que se pretendía. A tal fin, contando con una población numerosa, dado el potencial demográfico de Francia (el país más poblado con diferencia de todos los de la Europa occidental), y con abundantes recursos económicos especialmente recaudados para financiar la agresiva política bélica puesta en marcha (en este punto destacó la gran labor desarrollada, como responsable de las finanzas del Estado, por Colbert, quizá el personaje más sobresaliente después del rey), pudo levantarse en pie de guerra un poderoso ejército integrado por un contingente de soldados hasta entonces nunca visto, para lo cual llegó a instituirse una especie de servicio militar obligatorio que afectaba a los franceses en edad de combatir; se completó, además, con la contratación de muchos extranjeros que vinieron a servir en las filas del impresionante ejército del rey de Francia. Una mejor organización de la intendencia y de la asistencia sanitaria de los soldados, un mayor control sobre los proveedores militares, un aumento armamentístico con su correspondiente perfeccionamiento, un reforzamiento de la disciplina y una llamada al patriotismo e identificación de la acción militar con la causa nacional fueron algunos de los factores que permitieron hacer del ejército francés una fuerza guerrera temible y casi imparable, sin olvidar que paralelamente se reforzaba de la misma manera la flota, creándose para ello una marina de guerra especializada y potente separada de la mercante.
Para aumentar la fortaleza del Estado y lograr una mayor cohesión social, Luis XIV tomó la decisión política de imponer la unidad de fe en su Reino, lo que supuso una mayor presión inicial sobre los protestantes franceses, seguida poco tiempo después de un ataque abierto contra ellos por medio de la revocación del Edicto de Nantes, efectuada con el Edicto de Fontainebleau publicado el 18 de octubre de 1685. Culminaba así una política de endurecimiento religioso que había pasado por una primera fase en la que los hugonotes fueron perdiendo paulatinamente sus privilegios, hasta que se dio el paso definitivo de la prohibición oficial de su credo. Semejante actitud de firmeza y autoritarismo regio fue la que se adoptó frente al Papado y contra los jansenistas. Respecto a la Santa Sede no se le permitió la más mínima intromisión en los asuntos internos franceses, agudizándose por lo demás el galicanismo político y la subordinación de la Iglesia al Estado; en cuanto a los seguidores de Port-Royal, se puso especial cuidado de que su creciente influencia no alcanzase cotas peligrosas de desviacionismo socio-religioso, estableciéndose una atenta vigilancia sobre ellos con momentos de represión más definida.
Ya avanzado el reinado tomó especial significación la Corte real como marco de referencia práctica del absolutismo monárquico. En Versalles se organizó un completo ritual de vida de la nobleza y cortesanos en general, teniendo como objetivo primordial la exaltación de la figura regia y la manifestación de su poder soberano. Todo giraba alrededor del rey, estableciéndose un verdadero culto a su persona. Engrandecido, divinizado, todopoderoso, Luis XIV siguió ejerciendo el pleno poder hasta el final de sus días, aunque para entonces la situación de Francia y su dominio internacional habían venido a menos. Lógicamente el larguísimo reinado del rey-sol atravesó por distintas fases, aumentando considerablemente en su última etapa los problemas y las dificultades a las que tuvo que hacer frente.
La expansión territorial
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
La hegemonía francesa

En estas condiciones, los primeros veinte años del reinado personal de Luis XIV transcurrieron entre victorias militares y logros territoriales. Las primeras anexiones las proporcionó la Guerra de Devolución, llamada así por las reclamaciones de Luis XIV sobre la herencia de su esposa la infanta María Teresa, basándose en una antigua costumbre brabanzona, según la cual los hijos del primer matrimonio eran los herederos, que abusivamente se transfería del ámbito del derecho privado al público. Con este pretexto, el ejército francés se dirigió, en 1667, hacia los Países Bajos y el Franco Condado, territorio perteneciente a la Monarquía española que obstaculizaba la comunicación con Alsacia, sobre la que Francia había adquirido importantes derechos en Westfalia. La Triple Alianza firmada por Inglaterra, las Provincias Unidas y Suecia, inquietas por el avance francés, precipitó la paz, cuyas condiciones se establecieron en el Tratado de Aquisgrán (1668), según el cual la Monarquía española cedió a Francia doce plazas en los Países Bajos, entre otras Lille, Douai, Charleroi y Tournai. Aquisgrán refrendó la evidencia de que España, que en el mismo año debió reconocer la independencia portuguesa, había dejado de ser la potencia hegemónica de Europa.
No era difícil prever que el siguiente obstáculo a eliminar era Holanda, rival comercial y presumible enemigo ante cualquier intento expansionista francés. Mientras estuvieron enfrentadas al enemigo común español fueron aliadas, y en este sentido se había firmado un tratado en 1662, para hacer frente al poderío naval inglés. La alianza francesa resultó vital a Holanda para evitar su invasión por Inglaterra, pero las relaciones entre ambos países se deterioraron por las medidas proteccionistas de Colbert de 1664 y 1667. La decisión de aplastar a la pequeña república se preparó cuidadosamente por medio de acuerdos diplomáticos que la aislaron. En 1670 Francia firmó el acuerdo de Dover con Inglaterra (que recibió una pensión anual de Francia), al tiempo que llevaba a efecto pactos similares con Suecia y príncipes alemanes del Rin, además de obtener la neutralidad del emperador.
Con este respaldo, Luis XIV invadió Holanda, que también hubo de defenderse de un ataque simultáneo inglés. Las onerosas condiciones de paz de Luis XIV provocaron una insurrección popular contra el Gobierno de Jan de Witt, que fue asesinado y sustituido por Guillermo de Orange como garantía de eficacia militar. La resistencia holandesa dio tiempo a que se formase a su favor una coalición que incluía al elector de Brandeburgo, el emperador, España y la mayoría de los príncipes alemanes, al tiempo que Inglaterra abandonaba la guerra (1674). Francia ocupó victoriosamente el Franco Condado, los Países Bajos y la Renania, e incluso su armada fue capaz de vencer a españoles y holandeses en el Mediterráneo, pero el conflicto no podía perpetuarse indefinidamente.
Por la paz de Nimega (1678-1679) España pagó los gastos, entregando a Francia el Franco Condado y catorce plazas flamencas (entre otras, Cambrai, Valenciennes, Condé y Maubeuge), aunque recuperó algunas ciudades menores perdidas en Aquisgrán. Por el contrario, la guerra se saldó con un resultado mucho más positivo para Holanda, que no sólo conservó indemne su territorio, sino que obtuvo condiciones comerciales favorables.
Las paces de Aquisgrán y Nimega habían dado a Francia las deseadas fronteras naturales en la vertiente Norte. Pero la ambición animó a Luis XIV a continuar la política expansionista. La excusa la proporcionó ahora la condición estipulada en los tratados de Westfalia y Nimega de que los territorios cedidos a Francia lo eran con sus "dependencias", es decir, con los feudos que poseyesen y que el rey francés decidió que eran todos los que alguna vez hubiesen dependido de aquéllos, una serie de unos puntos estratégicamente situados entre el Franco Condado y el Sarre.
El primer objeto de esta política fue la ciudad libre de Estrasburgo, cuya posesión obstaculizaría la invasión de Alsacia por los imperiales y completaba la ocupación de la región. La ciudad fue tomada en 1681, y a duras penas pudo mantener el derecho a ejercer la religión protestante. Madrid y Viena decidieron intervenir militarmente (1682). Una vez más fue el ejército español el que tuvo que enfrentarse en solitario con el ejército francés en los Países Bajos, puesto que los turcos habían forzado a Austria a desviar la atención hacia su frontera oriental. La tregua de Ratisbona (1684) estableció la cesión por parte de España durante veinte años de la fortaleza de Luxemburgo y algunas plazas de los Países Bajos, además del reconocimiento de la ocupación francesa de Estrasburgo.
Guerra de Sucesión española
Época: fin siglo XVII
Inicio: Año 1660
Fin: Año 1789
Antecedente:
La hegemonía francesa
Siguientes:
La batalla de Blenheim
Las excesivas ambiciones de Luis XIV, sus métodos agresivos, más la revocación del Edicto de Nantes (1685), acabaron de convencer a los países protestantes de la necesidad de una intervención directa. El emperador, ya victoriosamente libre de la ofensiva turca, España, Suecia y varios príncipes alemanes decidieron aliarse contra Francia en la Liga de Augsburgo (1685). Pero, antes que detenerse, el Rey Sol decidió una ofensiva mayor y ocupó el electorado de Colonia, para imponer un arzobispo a su medida y no de Roma o Viena, y más tarde el Palatinado, con el pretexto de defender los derechos de su cuñada, la duquesa de Orléans. Cuando, tras la revolución inglesa de 1688, el "estatúder" Guillermo de Orange se convirtió en rey de Inglaterra, tanto este país como Holanda se incorporaron a la Liga.
Desde estos momentos, Francia trató de ayudar a los Estuardo exiliados a recuperar el trono de Inglaterra, para cambiar así los intereses exteriores de ésta, enemistándola con Holanda. Pero mientras tanto tuvo que enfrentarse en ultramar a la flota holandesa. La guerra se alargó cerca de diez años más, y el agotamiento llevó a unos y otros a firmar en 1697 la paz de Ryswick, por la que Francia hubo de abandonar la mayoría de los territorios ocupados desde 1681, salvo Estrasburgo y Sarrelouis, y comprometerse a no apoyar a los destronados Estuardos. Los tratados no fueron lo gravosos que se podía esperar para Francia, porque ésta fue capaz, una vez más, de no acordar la paz con todos los aliados a la vez y de avivar las rivalidades que existían entre éstos. Así, conservó la parte de los territorios conquistados que más le interesaban, no renunció a sus pretensiones hereditarias sobre el Palatinado e impuso la condición a los príncipes alemanes de que las regiones restituidas conservaran la religión católica.
Por su parte, el problema de la sucesión al trono de Madrid, ya planteado desde la muerte de Felipe IV, requería una solución cada vez más urgente conforme pasaba el tiempo. Sin embargo, no parecía haber ninguna aceptable para la diplomacia internacional que no pasara por un reparto que evitara la formación de una nueva potencia hegemónica, lo que sucedería inevitablemente si la Corona española quedaba unida a Francia o al emperador. El heredero que reunía más derechos y así había sido señalado por Felipe IV, era su bisnieto Fernando José de Baviera, hijo de la archiduquesa María Antonia, hija a su vez de la infanta Margarita y del emperador Leopoldo I. El otro descendiente de Felipe IV, su nieto el Gran Delfin de Francia, tenía el inconveniente jurídico de la renuncia de su madre la infanta María Teresa a los derechos a la Corona española. Los siguientes en la línea de sucesión eran el propio Luis XIV y el emperador Leopoldo como nietos de Felipe III. Teniendo en cuenta que estaba en juego el equilibrio de fuerzas en Europa, en 1698 se acordó un tratado de partición secreto, que, si bien reconocía la Corona a Fernando José de Baviera, establecía el reparto de ciertos territorios entre Luis XIV y Leopoldo con la aquiescencia de Holanda e Inglaterra. La muerte de Fernando José complicó las cosas, obligando a un segundo reparto en 1700 entre el candidato francés y el austriaco. Con estas perspectivas, Carlos II testó a favor del duque de Anjou, segundo nieto de Luis XIV, el único que le parecía capaz de conservar la integridad de los territorios hispánicos.
Pero este último dio una vez más pruebas de prepotencia, en vez de la diplomacia necesaria para tranquilizar a las demás potencias que en principio habían aceptado el testamento. Inmediatamente ocupó las plazas fuertes de los Países Bajos y provocó la formación de la última coalición contra él, en este caso firmada en La Haya en 1701, y de la que formaban parte, además del emperador que presentaba la candidatura de su segundogénito, el archiduque Carlos, Inglaterra, Holanda, Portugal, Dinamarca, Saboya y la mayoría de los príncipes alemanes.
La guerra estalló en 1702, y se llevó a cabo sobre todo en la línea fronteriza entre Francia y los aliados, que se encontraban en una situación claramente ventajosa, al atacar a su enemigo por varios frentes de forma simultánea. Dentro de España la guerra se desencadenó más tarde entre los partidarios del archiduque, esencialmente la Corona de Aragón, y del duque de Anjou, esencialmente Castilla, que resistía difícilmente, ante al ataque inglés en 1708 a sus costas y por la frontera portuguesa, a pesar de haber reconquistado Valencia, Aragón y parte de Cataluña tras la batalla de Almansa en 1707. Sin embargo, en 1710 la victoria de Brihuega-Villaviciosa permitió remontar al ejército de Felipe V una guerra que parecía irremediablemente perdida. En la Península, sólo Barcelona resistía.
En 1711 la situación internacional dio un quiebro por razones ajenas al campo de batalla. Al emperador Leopoldo había sucedido en 1705 su hijo mayor, José I, que murió a su vez sin descendencia en 1711. Por tanto, su hermano menor, el archiduque Carlos, se convertía en el emperador Carlos VI, con gran disgusto de sus aliados, ya agotados por una larga guerra, en la que habían participado sobre todo para mantener el equilibrio europeo, ahora de nuevo amenazado por una posible reproducción del Imperio de Carlos V. Inglaterra, sobre todo, se mostrará decididamente partidaria de terminar una guerra que la agotaba económicamente y que causaba gran descontento en la población por la elevación de impuestos que sufría, firmando en 1711 con Francia los preliminares de paz, en los que reconocía a Felipe V como rey de España. La guerra irá languideciendo ante el desinterés de unos y el agotamiento de otros hasta que en 1713 se inicien en Utrecht, bajo iniciativa inglesa, las negociaciones de paz, que se completarán con una serie de tratados parciales entre unos y otros contendientes. En 1714, Austria aceptó en Rastadt los acuerdos de Utrecht, terminando así definitivamente la guerra.
En Utrecht-Rastadt se ratificará el equilibrio europeo. Ninguna de las grandes potencias tendrá el poder suficiente para imponerse a las demás, y se crearán además unas potencias medianas, Estados tapones que obstaculicen que cualquier veleidad hegemónica pueda llevarse a efecto. Los Borbones lograrán al fin situar a Felipe V en el trono español, pero éste habrá de ceder al emperador gran parte de los territorios europeos extrapeninsulares: Países Bajos, Milán, Nápoles y Cerdeña. Así, los largos años de guerra no impedirán el reparto de los territorios de la Monarquía española, como varias veces se había acordado previamente. Las nuevas posesiones italianas de Austria, más las conseguidas en su frontera sudoriental en Karlowitz (1699) y Passarowitz (1718), desviarán en buena parte sus intereses desde el Imperio al mundo mediterráneo. Francia, por su parte, logró al fin romper el cerco de los territorios Habsburgo y afirmar sus fronteras al conservar Lille y Estrasburgo.
El equilibrio se refuerza, además, con la creación de una barrera preventiva alrededor de Francia, que le impida desbordar fácilmente sus fronteras. A ello se debió la cesión de los Países Bajos a Austria, y a ello también el fortalecimiento de dos Estados medianos, Prusia-Brandeburgo y Saboya, que tendrán en el futuro un gran papel como catalizadores de la unión alemana e italiana. Prusia, que ya en el siglo XVIII se convertirá en una potencia de rango superior, conseguirá la dignidad real y el principado de Neuchâtel, en Suiza, y la Alta Güeldres. Víctor Amadeo II de Saboya también conseguirá el título de rey y acrecentará sus territorios con Niza y la isla de Sicilia, aunque posteriormente trocará Sicilia por Cerdeña, en favor de Austria, que mantendrá en Italia el Reino de Nápoles y Sicilia y el Milanesado con Monferrato, segregado de Mantua. Finalmente, Holanda ampliará sus territorios a lo largo de su frontera con los Países Bajos, y Portugal recibirá parte de la Guayana francesa.
La gran vencedora será Gran Bretaña, que consolidó su posición como potencia marítima y comercial. En el Mediterráneo conservará Menorca y Gibraltar, conquistadas a España en el transcurso de la guerra, y le arrebatará la concesión del envío de un barco anual a las Indias españolas (el navío de permiso) y el derecho del asiento de negros en las mismas colonias. Francia renunciará al apoyo a los Estuardos y reconocerá a la nueva dinastía Hannover, que reinará en Gran Bretaña desde 1714, además de cederle la isla de San Cristóbal, en las Antillas, y los territorios alrededor de la bahía del Hudson, Acadia y Terranova, donde no conservará más que el derecho de pesca.
El equilibrio europeo quedó así asegurado durante cerca de un siglo. En el Continente, Francia, Austria, Rusia y enseguida Prusia serán potencias similares que se contrarrestarán mutuamente. Inglaterra dominará ya claramente en el terreno económico, teniendo difícilmente rival en el dominio marítimo, y la Monarquía española, después de la desmembración de sus territorios, y a pesar de cierto restablecimiento bajo los gobiernos ilustrados, habrá quedado definitiva e inexorablemente relegada a un lugar secundario.

 

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