Siglo de Hierro
El final de un Imperio

Poder y melancolía en la Corte del último Austria

Carlos II. El deseado que siempre se sintió Rey

César López Llera El autor de este artículo analiza la figura de Carlos II en la literatura y la pintura de la época y las características de su reinado; y nos muestra a un Rey deseado y más querido de lo que se cree.

 
Ojalá la publicación del libro del profesor Jaime Contreras: Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la Corte del último Austria (Madrid, Temas de Hoy, 2003) ayude a desmontar la imagen de pelele con la que se le asocia y la visión grotesca de su reinado.

Hasta ahora no se ha conseguido, a pesar de la existencia de bibliografía suficiente con la que desdecir el soniquete de que se trata de un periodo desatendido por los historiadores.

Baste recordar obras de conjunto centradas en su persona y en su reinado como las del duque de Maura, Ludwing Pfanddl, John Nada, Calvo Poyato, Ribot, Henry Kamen o trabajos monográficos sobre las relaciones de la banca con la Monarquía (Carmen Sanz Ayanz), la hacienda y la política fiscal (Manuel Garzón Pareja, Cárceles de Gea, Juan A. Sánchez Belén), la delincuencia y la seguridad (Rosa Isabel Sánchez Gómez), las relaciones diplomáticas con Holanda y las alianzas antifrancesas (David Salinas, Francisco Javier Collantes Fernández), Navarra, Aragón y Valencia en su tiempo (María Dolores Martínez Arce, Ana María Guembe Ruiz, Sebastián García Martínez), los hechizos (duque de Maura, Mar Rey Bueno, Ronald Cueto Ruiz, Francisco Tuero Bertrand), sus problemas de salud (García Argüelles), la figura de doña Mariana de Austria (Calvo Poyato), el gobierno de don Juan José de Austria (Castilla Soto, Graf von Kalnein, Calvo Poyato), el reformismo de Oropesa y Medinaceli (Domínguez Ortiz), la pintura en su época (Enrique Pardo Canalis), las arquitecturas efímeras y festivas (Teresa Zapata Fernández), la minoría de edad y la prohibición de las comedias (J.E. Varey) etc.

No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor estudioso que el que no quiere estudiar.

Por otra parte, es necesario comprender que si en las épocas de Carlos V, Felipe II, Felipe III y Felipe IV sus maquinarias propagandísticas neutralizaron los intentos de desprestigio de la Monarquía y lograron exaltar su grandeza y su reputación, durante el reinado de Carlos II las pretensiones de degradación de los enemigos de la Corona, fundamentalmente Francia, funcionaron para extender la imagen de guiñapo sin descendencia del Rey Católico, cuya golosa herencia ansiaban repartirse. Así se explica que las burlas y chanzas se cebaran con un recién nacido al que se le auguraba escasa vida y después con un Rey niño, del que se exageraban y aireaban sospechosamente sus carencias:

            El Príncipe, al parecer,
            por endeble y patiblando,
             es hijo de contrabando,
            pues no se puede tener.

Aún hoy para buena parte de los españoles el nombre del último Austria se asocia a la imagen de un rey feo, esquizofrénico, desaseado y con un solo testículo, por cuyo Alcázar pululaban toda clase de fantoches y figurones. En el esperpento del Hechizado, al que grotescamente se le hizo hijo de la última cópula conyugal de su padre, nadie se salva:

  • doña Mariana de Austria es una madrastrona dominante y timorata,
  • el padre Nithard un jesuita integrista e inútil,
  • Valenzuela un trepa graciosillo y camelista,
  • don Juan José de Austria un bastardo ambicioso y soberbio,
  • la reina María Luisa una amazona muy caprichosa,
  • su sucesora doña Mariana de Neoburgo una gigantona pelirroja de mala leche y buen beber,
  • los embajadores unos lenguaraces y robacalzoncillos,
  • y la nobleza una banda de intrigantes e inútiles, que confiaba en que los exorcismos y la alquimia solucionaran todos los males del reino. En conclusión,

se diría que el Ruedo Ibérico no era más que una destartalada plazuela frecuentada por menguados, que se creían olvidados de Dios y perseguidos por el diablo, y que se volcaban en deshechizar a su rey, en vez de exigirle un buen gobierno.

Sin embargo, no faltan exaltaciones de su Majestad en la literatura de la época, entre las que destacan las que aparecen en las loas de algunos autos sacramentales de Calderón de la Barca. Frente al remoquete de “El Hechizado,” con el que ha llegado a nuestros días, en El indulto general lo llama: “el Príncipe Deseado:”

      DEM.- ¿Qué título darle intentas?
      PEREG.- El Indulto General,
      que a honor de su esposa bella,
      el Príncipe Deseado
      dar la libertad espera
      a los presos, uso antiguo
      de reales bodas
      DEM.- ¡Qué pena!
      TODOS.- ¿Y dónde hacerle pretendes?
      PEREGR.- En la Corte más excelsa,
      dosel del mayor monarca,
      jardín de la más suprema
      flor de lis, que a España ilustra
      en la más docta Academia
      de las Letras y las Armas

La costumbre de perdonar las penas a los reclusos con motivo de las bodas reales sirve de inspiración al auto, en el que se aprovecha la ocasión para vitorear a la pareja real:

      Que viva, que reine,
      que goce y que vea
      felices edades
      del austro planeta
      mayor que vio el mundo
      con su esposa bella,
      con gustos, con dichas
      que España desea.

Con la llegada de la reina María Luisa a España las destartaladas estancias del viejo Alcázar se llenan de alegría, de esperanza y de hermosas damas y doncellas, con cuya contemplación se recrea la vista el octogenario Calderón, que las alaba a ellas tanto como a la capital del reino en El nuevo hospicio de pobres. En un intento desesperado, el viejo caballero de Santiago intenta aumentar la estima y la reputación del hijo de su querido Rey Planeta:

      En la Coronada Villa
      de Madrid, que ya no solo
      es centro, dosel y silla
      de sus majestades; pero
      de sus bellísimas Ninfas,
      Parnaso en que están las Gracias
      tan discretas, como lindas,
      Corte ya de sus Consejos,
      Patria de la bizarría,
      del ingenio y del valor.

En la misma línea se reitera en El cordero de Isaías:

·      ¿No veis a Carlos Excelso,
      Segundo de aqueste nombre?
      ¿No veis el prodigio bello
      de María Luisa, reina
      de España? ¿Y de su Cielo
      astros brillantes no veis
      esa tropa de luceros
      de sus bellísimas damas?

Si las exaltaciones literarias más importantes de su Majestad Católica el Segundo Carlos salen de la pluma de Calderón, no menos interés ofrecen las que efectúan con sus pinceles Lucas Jordán en la bóveda de la escalera principal del claustro de San Lorenzo de El Escorial: Gloria de la monarquía hispánica, Claudio Coello en su Adoración de Carlos II a la Sagrada Forma de Gorkum o Antonio Palomino en los frescos de la: Apología de Carlos II del Salón de Sesiones de la Casa de la Villa de Madrid.

Fue, efectivamente, Rey deseado y, probablemente, más querido de lo que se cree. No en vano, uno de los pilares de la educación inculcada por doña Mariana de Austria fue el amor a los vasallos, que se sumaba al temor de Dios y a la reverencia a los padres, según consta en la Estampa de la nudrición real de Carlos II por la reina madre. De hecho, la malicia popular le echaba la culpa de la esterilidad a la reina doña María Luisa, no al monarca:

      Parid bella flor de lis,
      que en aflicción tan extraña,
      si parís, parís a España
      si no parís, a París

Otra muestra de afecto se la dieron más de cuatro mil súbditos en el verano de 1696, cuando ante una enfermedad repentina se manifestaron ante el Alcázar para echarle la culpa a la reina doña Mariana de Neoburgo de habérsela pegado y amenazarla con acabar con su vida y la de sus criados a pedradas si fallecía el Rey.

Por su parte, Carlos II les mostró su comprensión a los ciudadanos de Madrid con motivo del Motín de los Gatos de 1699. Una sublevación tomó las calles al grito de: “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!,” causando destrozos, incendios y muertes. Fue suficiente la salida del rey al balcón del Alcázar para que cesaran las algaradas. Su Majestad se mostró arrepentido de desconocer el sufrimiento del pueblo, amén de dispuesto a olvidarlo todo y a tomar cartas en el asunto: “Sí, os perdono; perdonadme vosotros también a mí, porque no sabía vuestra necesidad, y daré las órdenes necesarias para remediarlo.” Quizá sus deseos de agradar a sus vasallos, de rendir culto a Dios y de cumplir sus obligaciones como Rey católico fueron los que le llevaron a arrastrar a duras penas su cuerpo por el trayecto procesional del Corpus de ese mismo año.

Los biógrafos de Carlos II reconocen que siempre se sintió rey, hasta el punto de que el duque de Maura escribió que aunque no diera la talla física e intelectual, en sentimiento de realeza no le superó nadie. Esa dignidad real la manifestó de niño en 1667 con don Juan José de Austria, al que recibió en una brevísima audiencia el 11 de junio; al ir el bastardo a besarle la mano, la apartó y se retiró dándole la espalda. No menos llamativa es la anécdota de lo acontecido con el resentido Medina de las Torres, que queriendo ganarse la gracia del rey niño le ofreció servirle con la misma lealtad y amistad que a su padre, obteniendo por respuesta un orgulloso: “los Reyes tienen a sus vasallos no por amigos, sino por servidores.”

¿Acaso no ejerció su voluntad al negarse a firmar la ampliación de la Regencia?¿No supo desembarazarse de las presiones maternas al conseguir el advenimiento de don Juan José de Austria, que fue capaz de poner en marcha un plan de regeneración de la Monarquía?

Donde manifestó su mayor dignidad regia fue en la decisión más difícil de su reinado: la elección del heredero, que se considera la más sensata y prudente de las posibles. Consciente del cambalache que se traían las cortes europeas, no dudó en amonestarlas con vehemencia en 1699: “no vivo tan descuidado de mi obligación ni aprecio tan poco el amor de mis vasallos que, si Dios (por sus soberanos juicios) tuviese por conveniente suspenderme la vida sin sucesión, no hayan de quedar dispuestas las cosas con bastante reflexión a lo más justo y más importante a la quietud pública, que nadie pueda echar de menos ni mi justificación ni mi providencia.”

Por lo que se refiere a la economía, hoy sabemos que en los últimos veinte años del siglo se vivió una progresiva recuperación, fruto de políticas fiscales y económicas bastante acertadas, en las que algunos ven el preludio del reformismo borbónico. Todo arrancó con la devaluación del vellón en 1680, que aunque asoló a corto plazo la maltrecha economía castellana (no la aragonesa ni la de Indias), consiguió a medio y largo plazo la estabilidad monetaria castellana. La creación de la Superintendencia de Hacienda del conde de Oropesa supuso el fin de los Consejos e inició un intento fallido de reformas que pretendían conseguir, entre otras cosas, una mayor contribución de la nobleza a las cargas del Estado o una reducción del número de eclesiásticos.

Por otra parte, lejos de vivirse una decadencia cultural, el reinado de Carlos II dio figuras intelectuales de talla y mostró una especial sensibilidad a la renovación, que preparó el camino para la penetración de la Ilustración. De hecho, Henry Kamen ha señalado que la censura reprimió menos que en cualquier otro momento de los Austrias y que a finales de siglo las obras de filósofos europeos entraban fácilmente por los puertos de Bilbao, Barcelona, Alicante, Valencia o Sevilla.

No solo se prolonga la obra de Calderón, que se vuelca en la escritura y montaje de autos sacramentales de la mejor factura, sino que su escuela genera dramaturgos de la talla de Francisco Antonio de Bances Candamo o Antonio de Solís y Rivadeneyra. Las comedias amorosas del segundo soportaron los gustos dieciochescos por su elegante cinismo y su labor como cronista lo sitúa entre los imprescindibles de la historia del Nuevo Mundo con su: Historia de la conquista de México, población y progresos de la América septentrional, conocida con el nombre de Nueva España. Interés indudable ofrece Alonso Núñez de Castro, cronista de Madrid y autor de Solo Madrid es Corte. Monumental fue la obra de Nicolás Antonio, que, aparte de sus Bibliotheca Hispana Vetus y Bibliotheca Hispana Nova, preludio de la erudición del siglo siguiente, luchó contra el engaño y el fraude en su olvidada Censura de historias fabulosas. Adelantado del espíritu ilustrado de Feijoo, Forner, el Padre Isla o Jovellanos se muestra Andrés Dávila y Heredia con el carácter utilitario de su obra y los ataques a la brujería, la adivinación y otras supercherías, así como al nepotismo político. No menos importantes para el desarrollo de una historiografía moderna son los trabajos de Gaspar Ibáñez de Segovia: Disertaciones contra las ficciones modernas o los de Narcís Feliu de la Penya: Anales de Cataluña.

Fue a finales del reinado de Felipe IV y durante el de Carlos II, sobre todo por el empeño de don Juan José de Austria de utilizar nuevos medios de propaganda política, cuando surgió la moda de editar gacetas de noticias a la manera de Alemania o de los Países Bajos, comenzando así el surgimiento del periodismo español.

Mención aparte merecen los ingeniosos acrósticos radiales, sonetos en cascada, poemas numéricos, laberintos y jeroglíficos, en los que se combinan intenciones literarias y plásticas. Esa pretensión de integración de las Artes afectó a la arquitectura efímera y alcanzó sus cotas más altas en la celebración del Corpus Christi. Fue dicha festividad una auténtica feria de los sentidos en la que se fundían arte floral, repostería, perfumería, moda, decoración, arquitectura, pintura, música, canto, baile, poesía, teatro, títeres, liturgia, propaganda…

Si nos ocupamos de la pintura, bueno será recordar que conservamos los frescos de san Antonio de los Alemanes de Madrid, pintados por Rizi y Carreño Miranda, con restauración y añadidos de Lucas Jordán. No menos importantes son las pinturas murales de la “Capilla del Milagro” del Convento de las Descalzas Reales, encargo de don Juan José de Austria y obra de varios autores, entre los que parecen encontrarse Carreño, Rizi, Claudio Coello, Dionisio Mantuano y Pérez Sierra. Para completar la lista de grandes artistas de la época no se pueden olvidar los nombres de Murillo, Herrera el Mozo y Juan Valdés Leal.

No faltan escultores de la talla de Alonso Cano, Pedro de Mena, Roldán y su hija, la Roldana, por no hablar de obras arquitectónicas como las fachadas de las catedrales de Granada y Jaén, el Pilar de Zaragoza. El Madrid de los Austrias se amplía con las comendadoras de Santiago, el convento de Monserrat, las Calatravas, las Bernardas del Santísimo Sacramento o el patio del Colegio Imperial.

Aunque las Universidades vivían un estado de letargo, la sociedad respondió a las demandas intelectuales creando tertulias y salones donde propagar y discutir nuevas ideas artísticas, literarias, filosóficas y científicas. Así ocurrió en Madrid, Zaragoza, Barcelona, Valencia o Sevilla, donde fructificaron los llamados novatores, estudiados por Vicente Peset y J. Mª López Piñero. La valía de las sesiones celebradas en la ciudad citada llevó a Carlos II en 1700 a concederles el reconocimiento como Real Sociedad de Medicina y Ciencias, arranque del academicismo institucional. Libros como el Discurso político y físico de Juan Bautista Juanini, la Carta filosófica de Cabriada, las Observaciones y cálculos astronómicos de José de Zaragoza, la Arquitectura civil de Caramuel y Lobkowitz, o la Crisis médica de Mateo Zapata revelan el afán renovador y la preparación del camino para la penetración de la Ilustración.

Aunque resulte más morboso e impactante recordar la muerte de Carlos II en una cámara relicario presidida por la Virgen de Atocha, las momias de san Isidro y san Diego de Alcalá y montones de reliquias, como símbolo de la España atrasada y decadente, lo cierto es que aquel 1 de noviembre de 1700 su Majestad católica Carlos II entregaba su alma a Dios y su reino al duque de Anjou en una España que daba muestras de apertura a la cultura del nuevo siglo. La conciencia la llevaba al otro mundo sin mancha, pues no fue hombre de vicios ni hacedor de maldades, y el reino lo dejaba en un estado bastante más digno de como lo había recibido. Muchos lo quisieron y lo quieren el Hechizado, aunque quizá solo fuera el Deseado que siempre se sintió rey.

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